Entrevista a Peter Gelderloos: "Lo bueno es que la revolución siempre es posible. Lo triste es que depende de nosotras y nosotros"

Conversamos ampliamente con Peter Gelderloos, activista de origen norteamericano afincado en España. Peter es autor de nomerosos artículos, especialmente de coyuntura y de relato analítico sobre los procesos que conoce. Por ejemplo fue bastante prolífico explicando el proceso del 15M al público anglosajón, de manera que parte de las enseñanzas que sacó del proceso ibérico se pudieron trasladar al movimiento Occupy. Además, es autor de varios libros en los que destacan "La Anarquía Funciona" y "Cómo la No Violencia protege al Estado" entre otras obras.

Con esta entrevista pretendemos acercarnos a la sociedad estadounidense en la era Trump. Queremos conocer cómo afrontan los movimientos sociales la ofensiva reaccionaria que vive el mundo y qué resistencias se están levantando ahora mismo. Asimismo, de las resistencias viene creciendo un movimiento anarquista y revolucionario muy dinámico, cada día más arraigado en nuevos territorios de aquel país de tamaño continental. Los movimientos transformadores, como es lógico, presentan nuevos retos, sufren amenazas, de manera que trataremos que nos las introduzca. También tocamos el debate sobre las identidades que allí está en pleno auge en la izquierda.

Esperamos que sea una entrevista de interés.

ALB Noticias.- La llegada de Donald Trump a la Casa Blanca lo ha cambiado todo. Como causas de su triunfo se ha hablado del auge del tea-party y luego del alt-right, de la crisis del “hombre blanco”, de la frustración de la clase obrera periférica y del mundo rural... ¿Crees que hay algún factor más que no se suele decir? Al fin y al cabo también le votaron un porcentaje muy grande de mujeres y de inmigrantes. Y a la vez, hubo una gran abstención. ¿Qué puedes aportar?

Peter.- Hay otros factores claves. Trump tenía un oponente ideal (para él). Una política profesional que genera partes iguales de odio y apatía y que pensaba que bastaría con tomar el control del Partido Demócrata y marginalizar sus oponentes para la candidatura. Además, Clinton viene del ala conservadora del partido, así que no era capaz de inspirar a las personas más horrorizadas por Trump.

Trump no ganó ninguna mayoría. Menos de 19% del país y 26% de los posibles votantes le votaron. Ganó la elección en gran parte gracias al apoyo de la familia multi-millonaria Mercer, también arquitecta de la victoria inesperada del Brexit. Utilizaron nuevos algoritmos —junto con la capacidad que les permitió Facebook de dirigir su publicidad a los individuos más susceptibles a ella— para diseñar una campaña propagandística mucho más eficaz. Con menos dinero, podrían llegar casi exclusivamente a las personas vulnerables a su campaña machista y xenófoba, y esto sólo en los distritos o estados que importaban para ganar la elección. Fue un punto de inflexión en cuanto mostró que ahora las redes sociales como Facebook son más poderosas que los medios tradicionales como los periódicos y la televisión. Es el último clavo en el ataúd de la sociedad de masas. La sociedad atomizada está regida por algoritmos. Lo que pasó es que la derecha fue la primera en aplicar este conocimiento a las campañas electorales (pero tampoco le fue mal que la prensa comercial le regalara tanta publicidad gratis, debido a su atracción por la controversia.)

Preguntáis por las mujeres y los inmigrantes que le votaron. La misoginia explícita de Trump fue un factor muy importante para ganarle la lealtad de la minoría que le votaron. El conservadurismo siempre se ha motivado por la obligación de defender estructuras de privilegio. Mediante esta ideología, los privilegiados de una sociedad se movilizan mediante el victimismo: cuando una persona con privilegios sociales se siente atacado porque se han cuestionado sus privilegios, su estatus alto excluyente de las demás.

Al contrario, la izquierda trata de hacer del privilegio y de la opresión algo más inclusivo: preservar las estructuras de dominación ante una resistencia en aumento, mediante la estrategia de inclusión e igualdad. Formación para las “minorías” para que ellas también pueden ascender en—y defender—las estructuras patriarcales y coloniales del capitalismo y del Estado. Normal, la derecha no hace distinción entre las reformadoras y las revolucionarias. Todas son representadas como amenazas para el buen orden de la sociedad (“buen orden,” para esta gente, quiere decir jerarquía).

Resulta que también hay muchas mujeres de derechas. No debería sorprendernos, pero estamos viviendo en una época en que las etiquetas de identidad se están volviendo sustitutos para cualquier contenido. Feminista se confunde con ser mujer, como si cualquier persona que reivindicara su identidad —una identidad dada por el sistema actual— estuviese luchando contra el patriarcado. Una mujer puede tener muchos motivos para defender un sistema de privilegio y opresión. Una identificación cultural con la sociedad occidental, el intento de subir los escalones económicos, la necesidad de mujeres blancas de atacar a mujeres racializadas o incluso el deseo de alguien fastidiado por el patriarcado para ajustar cuentas, pero en vez de atacar a las personas con más poder, hacer lo fácil y lo cobarde atacando a otras personas oprimidas. En una misma sociedad, los diferentes ejes de opresión suelen aparecer como un “pack.” Constituyen la estructura social en su totalidad. Así que mujeres blancas, mujeres ricas, mujeres cristianas y homófobas y transfobas o simplemente mujeres que se sienten occidentales tienen motivos para identificarse con la totalidad del “orden” social, incluso con los valores patriarcales. Pero es interesante que las mujeres de derechas (políticas y en la prensa) que ganan mucho poder social hablando a favor del patriarcado casi nunca se comportan como mujeres tradicionales. Son elocuentes, agresivas, independientes. De alguna forma, son rebeldes, aunque sea una rebelión contrarrevolucionaria.

Además, todo sistema opresivo necesita de la participación de las personas oprimidas. Las mujeres no son débiles y el patriarcado nunca hubiera podido reproducirse sin su inclusión. Esto se ha conseguido mediante muchísima violencia, pero también mediante ciertas recompensas y sobre todo mediante una construcción esencialista de las categorías de género, para que las personas se identifican con su categoría y por tanto se identifican con el sistema mismo. No deberíamos olvidar de que las violencias más extremas se han dirigido contra las personas que rechazaban su categoría identitaria.

El apoyo a Trump por parte de inmigrantes es mucho más fácil de explicar. Vienen de países con las mismas estructuras e historias racializadas que Estados Unidos. Muchos eran racistas en su país de origen. En EEUU se hacen todavía más racistas como mecanismo de integración. Así también los inmigrantes de Irlanda, Italia y la Europa del Este en otras épocas ganaron su derecho de estar, atacando a los negros, los indígenas, los recién llegados y los mal integrados. Muchos movimientos nacionalistas —en Europa también— han tenido un apoyo importante de inmigrantes.

Una última observación que me parece importante es que Trump no tuvo el apoyo de los sectores más poderosos y más inteligentes del capitalismo norteamericano. El consenso de la élite que ha regido por décadas se ha roto. Los ricos que apoyaban a Trump —y no eran pocos— eran de sectores que no tienen ninguna estrategia en cómo resolver las crisis cada vez más grandes que están amenazando el poder. Representan un sector casposo que sólo era capaz de reaccionar ante el cuestionamiento de su supremacía que se está dando en muchas esferas de la sociedad. Ni eran capaces de reconocer las estructuras de las cuales depende su riqueza.

Al contrario, el sector tecnológico —Silicon Valley— junto con la gran mayoría de corporaciones de importancia estratégica han sido críticos vehementes de Trump desde el primer día. En los primeros meses de la administración Trump, pudimos ver cómo era cuando las mismas clases gobernantes estaban en conflicto.

Pero en los últimos dos años, Trump ha mostrado que es un idiota y megalómano sin límite. El típico populista de derechas que aprovecha discursos ofensivos mientras protege los intereses de siempre, que ni es capaz de reconocer cuales son los intereses del Estado. Parece que ha acabado definitivamente con la hegemonía global de los EEUU. Por lo tanto, se ha creado un nuevo consenso de las élites en contra de Trump.

ALB.- ¿Cómo está cambiando la sociedad en la era Trump? ¿Existe un enfrentamiento de formas de entender el mundo entre liberales y “trumpistas”?

Peter.- Se está hablando entre más gente y de forma más profunda temas relacionadas con el racismo y el sexismo. Existe una polarización muy fuerte entre derecha e izquierda sin ninguna posibilidad —por el momento— de un consenso social o una posición céntrica. En varios momentos estos últimos dos años, no ha parecido nada exagerado hablar de la posibilidad de una guerra civil.

La derecha está dividida entre una parte más numerosa que no esconde su extremismo, no tiene reparos en abrazar posiciones abiertamente racistas o juntarse con fascistas; y otra parte con el poder institucional que todavía quiere disfrazar el conservadurismo como algo respetable y humano. En cuanto al Partido Demócrata, su centro ahora tiene que fingir ser progresista y los progresistas están haciendo todo lo posible para captar la nueva ola de sensibilidades y pensamientos radicales que están barriendo el país. Por primera vez en décadas, hablan de socialismo, de educación y salud universal y gratis, de transformaciones profundas para hacer frente al cambio climático. Y gran parte de la prensa está difundiendo críticas acerca del sexismo y racismo que van más allá de la igualdad institucional y la “ceguera de raza” de antaño. “Cultura de violación,” “privilegio blanco,” “apropiación cultural,” “no binario,” “masculinidad tóxica” y otros ya son términos adoptados por los medios dominantes del país.

La prensa y las otras instituciones de producción de opinión y cultura están casi por completo del lado de la izquierda, tanto centrista como progresista. Las corrientes dominantes están intentando renovar los discursos igualitarios, por ejemplo reduciendo el antiracismo a una obligación de ser amable y limpiarse de prejuicios. Pero como es un momento de cambio de paradigma en que los medios de producción de opiniones y cultura están viviendo una transformación difícil de entender, también hay bastante espacio para perspectivas más radicales. Parece que en estos momentos, la señal más clara entre la recuperación y la subversión gira en torna a la integración. Si eres integracionista, puedes hacer críticas muy radicales sobre el racismo, sexismo o transfobia institucionales, con el objetivo de integrar estas nuevas subjetividades en el sistema capitalista. De lo que no se habla es del afro-pesimismo de James Baldwin y otros, el anticolonialismo como rechazo de la mera existencia de los EEUU, lo queer en su sentido original como negación de identidades de sexualidad y género en vez de lo queer de discoteca y Tinder... Estas perspectivas siguen siendo tan invisibles como en los años en que ni siquiera podía haber una persona abiertamente lesbiana o gay en la televisión, excepto quizás un comediante.

A la vez que la prensa demuestra mucha obertura hacia críticas radicales pero integracionistas, también hace héroes de los conservadores que rompen con el populismo de Trump, hacen gala de las normas de buen comportamiento político y buscan acuerdos y consensos con sus adversarios políticos en vez de perseguir esas guerras espectaculares que favorecen Trump y los republicanos más extremos. Cuando murieron los políticos de derecha McCain y Bush— los dos racistas bélicos responsables del asesinato de muchísimas personas racializadas en otros países— los medios de comunicación que en general son de centro-izquierda reaccionaron como si hubiera muerto Jesús o John Lennon.

ALB.- Nos gustaría que nos relataras algunas de las luchas sociales que están sacudiendo los USA en estos momentos.

Las huelgas y motines en las cárceles han sido extremamente importantes, no tan sólo porque han conseguido producirse a pesar de unas medidas de seguridad exorbitantes, sino también porque es una lucha que afecta a varios millones de personas. Y muchas de las protestas más fuertes han ocurrido en las zonas más conservadoras del país. Algunas fueron mucho más allá de la huelga: ha habido ocupaciones de prisiones y guardias muertos. Ahora, no creo que sea ninguna casualidad que este año pasado, a pesar del control republicano de las tres ramas del gobierno, se haya avanzado un proyecto legislativo que reduciría la población penitenciaria y abriría el camino a la descriminalización de muchos “delitos sin víctimas.”

Es muy interesante la historia de este movimiento. Una influencia fueron los grupos de lectura establecidos por presos en muchas cárceles después de años de contacto con grupos anarquistas de afuera [de las prisiones] que durante décadas —sin exagerar— realizaron una labor incansable de enviar libros a cualquier preso que lo pidiese. Estamos hablando de docenas de miles de libros conseguidos por proyectos que se podrían haber tachado de “asistencialistas,” que no tenían nada de romántico pero que se comprometieron al trabajo duro de asegurar que la población más olvidada del país tenga los recursos necesarios para afilar sus mentes y sentir el calor de la solidaridad.

Hay que decir que muchas personas acusadas de actos de violencia en los motines recientes se enfrentan con procesos judiciales.

Otra lucha con muchísima importancia es la de las inmigrantes y las personas solidarias con ellas. En el primer mes de la presidencia de Trump, se ocuparon y bloquearon todos los aeropuertos del país para parar su prohibición a la entrada de personas de países musulmanes. Era la primera protesta de este tipo y escala en la historia, y funcionó (y las anarquistas jugaron un papel clave en convertir protestas pacíficas fuera de los aeropuertos en bloqueos agresivos que invadieron los aeropuertos).

Este movimiento ha ido cambiando según las circunstancias. Con la controversia sobre la detención de menores (aunque eso también pasaba durante el gobierno de Obama), muchas anarquistas y otras comenzaron a ocupar oficinas de ICE (la Migra). También han habido muchísimos intentos por comunidades inmigrantes y solidarios de parar redadas y expulsiones.

El antifascismo también está creciendo desde la victoria de Trump. Por una parte, se ha visto una reducción en las revueltas antipoliciales, que para mí eran más radicales e iban dirigidas a un fundamento del poder estatal. Muchísimas personas han dirigido sus energías hacia grupúsculos de extrema derecha que ni representan ni tienen conexión con las prácticas e ideologías hegemónicas del Estado hoy en día. Me pone bastante incómodo cuando nuestros compañeros están compartiendo los mismos discursos que los jefes ejecutivos de Google o Amazon, quienes también se han posicionado contra los fascistas.

Por la otra parte, el antifascismo en EEUU ha sido casi totalmente construido por anarquistas. Antes de Trump, casi no existían grupos antifascistas porque casi no existían grupos fascistas. La extrema derecha yanqui era mucho más descentralizada, existía mucho más como complemento y no como adversario del partido existente de derecha, debido a la estructura histórica del capitalismo norteamericano. Pero el papel anarquista ha significado que el antifascismo ha sido casi 100% anti-autoritario: ha sido una práctica de autodefensa comunitaria, de vigilancia, de difusión y de ataque, sin más. Ha evitado los rasgos machistas, izquierdistas y estalinistas que han abundado en muchas partes de Europa.

Pero siendo antifascismo, es muy vulnerable a la recuperación por parte de la izquierda. Hoy en día, la gran mayoría de los capitalistas norteamericanos son antifascistas. Prefieren formas de racismo y control muchísimo más sutiles que los que pueden ofrecer el fascismo. El Partido Demócrata también es antifascista y en las elecciones de 2020 se aprovechará de los sentimientos de rechazo total hacia Trump y los grupos racistas que se han generado estos años. La izquierda autoritaria se ha aprovechado del paraguas antifascista. Por primera vez en mucho tiempo, la bandera de la hoz y el martillo —un símbolo que representa la opresión y el asesinato contra las clases populares tanto como él de la swastika— aparece en las manis y la gente no la echa.

Así que, la mayoría de las estructuras, las horas y horas de vigilancia y doxxing, los talleres de seguridad tanto en internet como en la calle, las escoltas armadas, las personas pegándose hostias con los nazis, la experiencia en solidaridad y recursos antirepresivas para las detenciones inevitables... todas estas cosas vienen de los entornos libertarios, de gente si no explícitamente anarquista, sí anti-autoritaria, incluso muchos activistas de comunidades racializadas. Pero en muchas ocasiones han sido los grupos autoritarios, desde el Partido Demócrata hasta pequeñas sectas maoístas, que se han aprovechado de todo esto (por ejemplo ganando muchísimo dinero por crowdfunding después de casos represivos o ataques violentos y después no compartiendo este dinero con ninguna represaliada). Y estos grupos están creciendo bastante.

Lo bueno de todo esto es que la gente va ganando a los nazis, a pesar de su protección policial y su apoyo por el canal de televisión más grande del país. No han conseguido unirse y en muchas partes del país, ni pueden organizar concentraciones. Esto es gracias a los ataques con puños y bates de baseball; la presencia pública de formaciones armadas (cosa legal en EEUU); boicots a sus mítines en los campus universitarios; propaganda mediante carteles, pegatinas, graffiti, pancartas y nuestros medios de contrainformación; manifestaciones, concentraciones y disturbios; trabajo en coalición con otra gente antiracista; y toda la investigación necesaria para revelar sus identidades y después exponerles al ostracismo contactando con sus vecinas, empleadores, propietarios, etc. Otra cosa buena es que por fin los pacifistas se han dado cuenta de que el Black Bloc tiene razón, de que necesitan de nuestras estructuras y prácticas de autodefensa, de que la lucha no es un paseo en el parque sino que es peligroso (si lo estamos haciendo bien). Es que la mayoría ya había olvidado que hasta Martin Luther King iba armado.

Por último, mencionaré las luchas contra los oleo- y gaseoductos. La resistencia en Standing Rock —no era una ocupación, porque, siendo territorio indígena, los ocupantes eran la policía y los trabajadores— fue muy importante. En un principio ganaron la cancelación del oleoducto, pero uno de los primeros actos de Trump fue mandar que se terminara la construcción. No obstante, la resistencia inspiró a una docena de campamentos contra otros oleoductos y proyectos parecidos y aumentó de forma considerable los presupuestos para la construcción. Algunos proyectos se cancelaron nada más se anunció el plan de comenzar un campamento de resistencia. Otros siguen en batalla, como en West Virginia y Louisiana.

Pero en estos momentos, la lucha más fuerte contra un oleoducto se está dando en el territorio de los Wet'suwet'en. Legalmente, se encuentra en la provincia occidental de Canadá, pero la resistencia indígena no reconoce las fronteras impuestas por los colonizadores y la influencia entre Standing Rock y unos cuantos campamentos más está claro. Actualmente, en muchos sitios se están produciendo bloqueos y otras acciones solidarias.

El contexto es que en Norteamérica se está dando una expansión agresiva en la explotación de combustibles fósiles que a los niveles financieros y infraestructurales está totalmente integrada entre Canadá y EEUU.

ALB.- Hay algún repunte de acción sindical o de trabajadores autoorganizados?

Peter.- Sí, los IWW está creciendo bastante y han ganado algunos conflictos laborales mediante la organización de trabajadoras (normalmente en sitios de trabajo más bien pequeños como restaurantes), la solidaridad, los piquetes y los escraches. Igual con las Solidarity Networks, el modelo en que se inspiraron los grupos de apoyo mutuo aquí en la Península [ibérica].

No obstante, siguen siendo casos anecdóticos en una situación definida por la decomposición generalizada de la clase obrera como tal. De las poquísimas excepciones serían las huelgas de profesoras —en algunos estados ilegales y en parte al margen de sindicatos— que empezaron en algunos estados conservadores como West Virginia y Kentucky y ganaron algunas de las reivindicaciones. Justo ahora ha terminado otra huelga de profesoras en Los Angeles. Es una señal de que acciones sindicales podrían recuperar fuerza en ciertos sectores, pero creo que la robotización ya ha acabado con esta posibilidad en la mayoría del sector industrial. Y para darse en el sector servicios, se tendría que ver un cambio inmenso en la sociedad. En general, durante la última década, las acciones económicas más potentes se han realizado mediante el sabotaje y sobre todo el bloqueo desde fuera, no mediante la organización obrera.

También es el caso con el IWW. El grueso de su acción y de la ola de nueva participación está relacionada directamente no con conflictos laborales sino con su papel en movilizaciones antifascistas y en campañas de apoyo para presos.

He sabido de algunos casos de resistencia informal en los almacenes de Amazon, un sector importante en la nueva economía. Se trata de pequeños sabotajes, el desarrollo y difusión de trucos para evitar el sistema de control total de las trabajadoras. No me he enterado de ninguna acción más contundente como una huelga, como sí que han habido en un par de países europeos donde el modelo de Amazon se encuentra con más resistencia.

ALB.- La Marcha de las Mujeres contra Trump de 2017 fue enorme; ¿supuso un renacimiento del feminismo autoorganizado? O estaba en manos de las mujeres liberales? Existe un feminismo autónomo en estos tiempos de machismo hegemónico (solo hay que ver qué tipo de series y dibujos animados nos llegan de allí)?

La Marcha de las Mujeres fue un intento exitoso del Partido Demócrata para captar una gran parte del rechazo a Trump. Diría que el machismo ya no es hegemónico allá. Toda la prensa menos un canal de televisión ha estado constantemente atenta a todos los micromachismos en cada discurso de Trump, fue la prensa y la sociedad institucional quienes lanzaron el #MeToo como gran movimiento. Sí, la derecha consiguió nombrar a un juez acusado de múltiples agresiones machistas al Tribunal Supremo, pero su candidatura provocó una gran conversación pública en la cual la posición mayoritaria era analizar como hombres pueden utilizar el poder para silenciar a las personas agredidas. El juez ganó su proceso al final sólo porque el Partido Republicano todavía controlaba las dos cámaras de la legislatura. Su apoyo para el agresor fue uno de los factores por el cual ya han perdido una de las cámaras.

Hay que entender que la derecha tiene una base de apoyo en declive, pero el Partido Republicano es capaz de ganar una mayoría gubernamental a veces porque durante décadas han retocado el sistema electoral y redibujado las líneas de los distritos de forma muy efectiva. En varios estados, mantienen la mitad de los escaños a pesar de sólo ganar un 40% de los votos (comparados con un 55% de los Demócratas, por ejemplo).

Otro factor es que Facebook y Youtube dan muchísima más plataforma a posiciones muy minoritarias cuando son de extrema derecha (sobre todo si son derechistas encubiertos, machistas y anti-izquierdistas en vez de fachas explícitos). Estos son dos factores estructurales importantes que dan bastante poder a la derecha. Pero la derecha no es hegemónica, ya ha perdido la guerra cultural.

La nueva hegemonía se está dibujan