Cerrando etapas

Conocí a ese hombre hace muchísimos años. Él era moreno, de unos veinte años, con el pelo algo rizado, de un metro setenta de estatura y flaco. Gesto siempre serio. Era hijo de madre soltera, porque pasó algo en el pueblo, de esas cosas "de honor" (nunca conseguí enterarme), y la muchacha se vio con un hijo y solamente apoyada por sus hermanos y hermanas, que dicho sea de paso, eran un montón. Entraron en la época republicana con muchísimas ilusiones, siendo jornaleros y analfabetos, la República les abría la esperanza de una vida mejor. Pero mira por donde vino el Golpe de Estado de Franco, y sin comerlo ni beberlo en el pequeño pueblo asesinaron a decenas de personas. Unos huyeron, otros murieron, otros fueron esclavizados. Así que la muchacha, que ya iba siendo madura, se encontró en medio del franquismo, soltera, con un hijo que de inmediato le arrebataron… Las Damas de la Caridad.

Al chico le asignaron una madrina, que le pagaba los estudios en el seminario para que fuera cura. Me contaba el hombre cómo a la hora de comer, a los estudiantes les ponían una sopa insustancial, y enfrente, mirándoles, estaban los curas comiendo filetes. 

Tuve con él conversaciones sobre el hambre, el robo de habas, los guardias jurados con fusil, la guardia civil que les olía el aliento para comprobar si se comieron alguna cebolla cruda, la recolección de la verdolaga… En el año de 1948 si algo tenía claro, es que no quería ser cura. Su madrina le repudió, fue acosado, y como solución se metió en el ejército de soldado. Me contó que pensó en irse a Barcelona, pero su madre se lo prohibió totalmente, porque Barcelona estaba "mu lejoh".

En el ejército se hizo mecánico. Memorizaba los motores de los reactores, era capaz de desarmarlos y montarlos sin el esquema y sin error. Hizo una mili de unos cuarenta años. En ese tiempo destacaron en él dos características. Una, su odio a los curas, a los que no podía ni ver. La segunda me la mostró cuando me explicó que nosotros teníamos una Patria a la que debíamos servir, proteger y defender con nuestra vida, y esa Patria era nuestra grande, inmensa, enorme, Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. 

Procuraba no hablar de ello por la cosa de la prudencia. Lo cual no le impidió en el año 74 plantarme en Francia con una maleta llena de documentos que pesaba lo suyo, que le entregué a un tipo que me esperaba. No me preguntéis ni cómo ni por qué, porque fue uno de los servicios que presté sin hacer preguntas. Su consigna era esta: "silencio absoluto". Con un lobo podía uno tener conversación más entretenida.

Él me influyó bastante: me instó a tener un título; me obligó por ello a eludirlo cuanto pude, ya que detesto empollar; severo como era, porque tenía su puntillo cabrón, me perdonaba cualquier fallo si habiendo intentado arreglar algo lo dejaba descompuesto. Lo importante era intentarlo con voluntad –me decía pacientemente–. También es de agradecer, que siempre confió en mí. Por eso cuando me hice anarquista, no mostró contrariedad.

Tenía un humor un poco surrealista, eso también.

Pero el don que más me impresionó, era su memoria visual. Era capaz de, jugando a las cartas, saber qué llevaban los tres jugadores restantes nada más salía la primera mano. Llevaba la cuenta de todo lo que iban mostrando, no se equivocaba nunca. Ganaba a todo: al dominó, a la cuatrola, al mus, a la escoba… Todas las tardes de lunes a viernes en la taberna, desde las ocho hasta las diez de la noche, fumando y echando chatos de vino. En eso fue bastante convencional. La memoria le permitía dibujar a mano alzada planos, esquemas y diagramas, con gran exactitud.

En toda la vida fui incapaz de vencerle en una partida a lo que fuera. Hasta que hace siete años, echando una de ajedrez, cometió un fallo garrafal y me zampé su reina. Se quedó muy sorprendido. Sin ningún tipo de compasión le machaqué, se rindió y pidió la revancha. Yo me puse de lo más contento. Cuando le gané tres partidas en poco tiempo, me miró y me preguntó que qué estaba pasando. Yo jugaba tan mal como siempre. ¿Cómo era posible?

Tras diversas pruebas, le diagnosticaron un alzheimer. Dicen que esta enfermedad cabrona no suele aparecer en quienes usan mucho la memoria y hacen ejercicios de recordar. Bueno, pues es una gilipollez en este caso. Progresivamente fue perdiendo facultades. Tuvo que dejar de salir de casa porque se perdía. Sacó todos sus discos de los envoltorios, desarmó el equipo de música, perdió la paga del mes, comía tres veces seguidas, le dio por destrozarlo todo… En mis sueños lo metía en un cajón, atado y amordazado con cinta rusa, facturándolo con destino a la Taiga Siberiana. Otras veces era un cohete Восток para ponerlo en órbita estacionaria… Cuando recobraba la lucidez y se lo contaba, se reía.

Él cada vez más limitado, me di cuenta de que estaba fatal cuando me pidió que no le prologásemos la vida, que no le llevasen al expositor del tanatorio, que le incinerasen, y que yo vertiese sus cenizas en una zona boscosa de su Patria: la URSS. Claro, claro. Se le había olvidado que la URSS había colapsado en 1991. Ese día nos despedimos. Luego dejó de hablar. Y después, de moverse. Y más tarde, se murió.

¿Que por qué cuento esto? Para que sepáis que en los lugares más insospechados, hay un Héroe de la Unión Soviética. Por eso, por el poder que yo mismo me otorgo, y en ausencia del Presidium del Sóviet Supremo de la Unión Soviética, yo te otorgo ese título. 

Y ahora, a ver qué hago yo con las jodidas cenizas en un envase homologado por la UE, esperando el resurgir de la URSS. Putin, haz algo, la hostia.

Eso es todo. Vamos pues, cerrando etapas.

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