La cara del roedor deprimido

Anoche, viendo unas noticias, me enteré de que el ministro de Hacienda va a intervenir las cuentas de la Generalitat, y a pagar las nóminas de los funcionarios. Lo revelaba al mundo con una cara de roedor deprimido, como si tuviese ganas de salir corriendo por la trabajera. Pero lo ha dicho, y lo harán –si pueden–, y eso sí que es un ataque con torpedos nucleares al Procés en toda regla. Hay que evitarlo. Me explico.

Max Weber (un profesor) al principio del siglo XX, explicaba en sus estudios sobre la burocracia del Estado, que los funcionarios eran leales al régimen por dos motivos. Por un lado estaba el "honor del cargo", ya que no es lo mismo trabajar sin contrato cuidando a Pedro Pérez, anciano de 92 años y 130 kilos de peso, que ser administrativo del Colegio Público Doris de Babilonia (una inventora). Una cosa está peor considerada que la otra, en materia de contratos, derechos y posibilidades de cogerte una hernia. Y por otro lado estaba "la nómina": mientras el funcionario cobre a final de mes, le importa un bledo quién le pague. Eso lo demostró Max Weber, cuando toda la maquinaria del Estado Republicano Alemán se puso a trabajar para Hitler (un nazi), porque apoquinaba puntualmente. Una vez cobra su guita, al burócrata (policía, militar, administrativo, bombero…) le mandas un papel con instrucciones de lo que sea, y las cumple porque están escritas, llevan el sello del Poder, y se supone que las ha revisado la Asesoría Jurídica (fundamental en un Estado de Derecho, en el que todo el mundo desconoce las leyes). Porque lo que quiere un funcionario, por encima de cualquier consideración ideológica, ética, deportiva, religiosa y moral, es cobrar la semanada para poder pagar sus facturas.

Por tanto, si el Estado Español consigue plantar su sello en las nóminas de finales de septiembre, no voy a decir que todo el funcionariado al servicio de la Generalitat Catalana vaya a cambiar su lealtad de un día para otro. No lo diré, lo que ocurre es que eso es lo que pasará. La desazón que va a sentir el personal de oposición y contrato, cuando compruebe que su empleo, su cartera y sus cervezas, hipotecas y viajes a Bali, pende del débil hilo del Estado Español, va a darle un tiento que te cagas, y se preguntarán si merece la pena tanto sacrificio como están haciendo. Y si la situación se prolonga, la adhesión entusiasta cambiará de bando, como el que cambia de dieta cuando finalizan las vacaciones.

Así que, amigos y amigas, estamos ante la jugada identitaria y nacionalista más letal del Estado español en esta diaria lucha sangrienta por socavar a la Generalitat Catalana, e impedir que los catalanes y catalanas voten (o se abstengan) sí (o no) por "un Estat a favor de la llengua".

Lo que puede salvarnos: que en el Estado español van pisando huevos. Y que la Generalitat pague las nóminas. Atentos al toque de corneta y a la cara del roedor reprimido. 

Propaganda electoral secuestrada por la Guardia Civil

 

 

 

 

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