Apoyo Mutuo: La defensa del territorio en el proyecto de transformación

 
La crisis económica, política y social de los últimos años coincide y se refuerza con una grave crisis ecológica y energética mundiales, enraizadas en la dependencia hacia los combustibles fósiles de las sociedades industriales y en la necesidad que tiene el capitalismo de crecimiento continuo. Aunque la primera lleva décadas expresándose de diferentes formas (pérdida de biodiversidad, contaminación de diversos tipos, deforestación masiva…), se ha visto agravada por la tendencia hacia el cambio climático global, cada vez más difícil de revertir y de consecuencias aún imprevisibles. Por su parte, el progresivo agotamiento de los combustibles fósiles parece haber alcanzado en estos años recientes un umbral crítico, a partir del cual la disponibilidad de energía barata sobre la que se basa el actual modelo productivo y urbano (desde los transportes hasta la agricultura) será cada vez más escasa.

El ritmo de crecimiento de producción y consumo del capitalismo, que se amplía continuamente con la incorporación de mercados nuevos, choca con el carácter limitado (o de muy lenta reposición) de los recursos sobre los que se basa, además de con la imposibilidad de la biosfera de absorber el correspondiente volumen de residuos. El capitalismo es incapaz de resolver esta contradicción, ya que el crecimiento continuo y ampliado resulta esencial para su mantenimiento, lo que no hace sino agudizarla dibujando un escenario preocupante para la mayoría de la humanidad.

El aspecto económico y financiero de la crisis ha llevado a gran parte de la izquierda a centrarse en proponer vías para impulsar el crecimiento mediante la intervención del estado, un nuevo keynesianismo que lleve a un nuevo ciclo de expansión. Es urgente romper con esta lógica, admitiendo la imposibilidad del crecimiento ilimitado en un planeta finito.

Es necesario el control colectivo de la tecnología compatible con la igualdad y sostenibilidad a escala humana. Los intentos de mantener a toda costa este modelo productivista y desarrollista conducen a una intensificación de las actividades extractivas, explorando fuentes energéticas que hasta ahora se habían desechado por su alto coste económico, ambiental y social (combustibles no convencionales como el fracking, petróleo ártico, arenas bituminosas…); un incremento de las tensiones geopolíticas por el control de los recursos restantes (desde el agua hasta los yacimientos de hidrocarburos, pasando por el acaparamiento de tierras fértiles para biocombustibles o alimentos), y, en general, un agravamiento de las desigualdades globales en un entorno cada vez más degradado.

IMG-20150917-WA0011Frente a esta situación proliferan los llamamientos a las medidas paliativas o puramente tecnológicas, como el consumo verde, la eficiencia energética, el reciclaje o la generalización de las energías renovables. Medidas que tratan de contribuir a prolongar la agonía de este modelo de desarrollo calificándolo de “sostenible”. Pero no hay salida que no pase por un cuestionamiento profundo del modo de vida de las sociedades desarrolladas, desde la industria a la producción y transporte de alimentos, el ocio o el urbanismo.

Es urgente potenciar una verdadera alternativa, que conjugue la reducción drástica en el impacto material de las sociedades del despilfarro, tomándose en serio las limitaciones ecológicas, con la satisfacción de las necesidades básicas. Una alternativa revolucionaria que traslade el cambio de hábitos individuales al terreno social, insertándolo en un proyecto de transformación completa desde los movimientos populares.

En este sentido, un modelo democrático de sociedad debe ser capaz de incorporar medidas concretas como la eliminación de la industria nuclear, la superación de la división campo-ciudad y la sustitución progresiva de los combustibles fósiles por fuentes de energía realmente renovables, locales y de bajo impacto en el marco de una reorganización y racionalización de la industria, el urbanismo y el transporte que permita la reducción del consumo energético y la soberanía en este aspecto. Objetivos que, a pesar de su dificultad, resultarán más asequibles al haber eliminado previamente la acumulación de capital y riqueza privados.

En este sentido, las luchas en defensa del territorio resultan fundamentales, no sólo como una forma urgente de hacer frente a los proyectos desarrollistas más destructivos (grandes infraestructuras como el TAV, Fracking, industrias extractivas, transgénicos, expansión inmobiliaria…) sino como el espacio en el que ir generando una conciencia crítica sobre el actual modelo productivo y urbano. Defender el territorio implica generar nuevos vínculos sociales y con el entorno, abriendo debates colectivos sobre las formas de vivir y habitar que necesitamos.

Estas luchas van de la mano de otras como las que se desarrollan en el ámbito campesino y de la soberanía alimentaria, en defensa de los comunes rurales y urbanos, así como de las diferentes experiencias de reapropiación colectiva de saberes y técnicas que tratan de conquistar espacios de autonomía, fuera de las lógicas del mercado y el estado; redes agroecológicas, huertos comunitarios, autonomía energética, bancos de semillas, cooperativas integrales…

Desde Apoyo Mutuo pretendemos reforzar estas luchas y proyectos, ofrecerles cohesión a partir de un discurso y líneas de trabajo comunes, y vincularlas con el resto de luchas sociales (laborales, por la vivienda, feministas…) articulando un proyecto estratégico de transformación revolucionaria. Con la urgencia que la situación requiere, pero sin atajos ni falsas ilusiones.

Enlaces relacionados / Fuente: 
http://apoyomutuo.net/la-defensa-del-territorio-en-el-proyecto-de-transformacion/
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