Todo empieza aquí y ahora: Raoul Vaneigem & Evade Chile

Encontramos en la web de los compas de Enough is Enough el siguiente análisis de Raoul Vaneigem enviado a los compas de Evade Chile, que están sacando análisis periódicos sobre la situación (podéis consultar un índice de los ya publicados por ejemplo en Libcom). Lo podéis descargar aquí en .pdf en formato mediacarta o en formato A3 para doblar

 

 

 

TODO EMPIEZA AQUÍ Y AHORA

 

#PORUNAINTERNACIONALHUMANA

Hasta ahora el capitalismo solo ha vacilado debido a sus crisis de desarrollo interno, a sus flujos de crecimiento y decrecimiento. Ha progresado de quiebra en quiebra. Solo hemos logrado derribarlo en ocasiones muy breves en las que el pueblo se ha hecho cargo de su propio destino. Afirmarlo no es jugar a los profetas: hemos entrado en una era donde la coyuntura histórica favorece el desarrollo del devenir humano, el renacimiento de una vida ebria de libertad. ¡Basta de muros de lamentos! Son demasiados los himnos fúnebres que socavan silenciosamente el discurso anticapitalista y le dan un trasfondo de derrota.

No niego el interés de los observatorios del desastre. El repertorio de luchas se inscribe en la voluntad de romper la globalización financiera y establecer una internacional del género humano. Solo espero que se añadan los avances experimentales, los proyectos de vida y las contribuciones científicas, cuya poesía individual y colectiva marcan demasiado discretamente sus territorios. Reivindicar los derechos de la subjetividad es un acto solitario y solidario. Nada es más estimulante que ver a los individuos liberarse de su individualismo cuando el ser se libera del tener. ¿Tomará tiempo? Sin duda, pero aprender a vivir es aprender a romper la línea de tiempo y a desterrar del presente el retorno del pasado donde se profundizan los abismos del futuro.

Un devenir mantenido en estado fetal durante diez mil años resurge como un objeto del pasado que vemos elevarse desde las profundidades de la tierra. Es una brizna de paja en la carreta de heno del oscurantismo universal. Una chispa ínfima le ha prendido fuego.  El mundo entero está en llamas. Es suficiente para mi júbilo ver afirmarse en esta insurrección plebeya una radicalidad cuya conciencia no he dejado de afinar. Es una cuestión de mi propia vida añadir unas gotas de agua al océano de solidaridad festiva que bate bajo mis ventanas. Porque el pueblo ya no es una muchedumbre ciega, sino un grupo de individuos decididos a escapar del embrutecimiento individualista; es una mayoría de anónimos protegida de la reificación por su estatus de sujeto. Han revocado su condición de objetos, han desertado del rebaño cuantitativamente manipulable por los tribunales de  derecha e izquierda.

Una vez escribí: «La vida es una ola, su reflujo no es la muerte, es la reanudación de su impulso, el soplo de su vuelo». De esta manera manifestaba mi rechazo a la influencia mortífera que tan servilmente consentimos. Invito aquí a reflexionar sobre las implicaciones que reviste la observación para las prácticas de autodefensa que aplican la creciente potencia poética de las insurrecciones mundiales.

La tierra es nuestro territorio. Ese territorio tiene las dimensiones de nuestra existencia personal. Es local y es global, pues no pasa ni un solo instante
sin que intentemos desentrañar, en nosotros y en el mundo, las alegrías que nos caen y las desgracias que nos agobian. Estamos constantemente moviéndonos entre lo que nos hace vivir y lo que nos mata.
 

Solo en el individualista (ese cretino convertido de sujeto en objeto) la preocupación por sí mismo se convierte en mirarse el ombligo, el cálculo egoísta prevalece sobre la generosidad solidaria, la libertad ficticia se enrola en las cohortes de la servidumbre voluntaria y la resignación resentida. Ocupar el territorio de nuestra existencia es aprender a vivir no a sobrevivir. De ahí la pregunta: ¿cómo vivir sin romper el yugo de las multinacionales de la muerte?

Coger la afición de la insurrección permanente. Los tiempos de la vida no son los de la economía. El capitalismo ha caído en la trampa de la rentabilidad a corto plazo. Nuestra determinación vital juega a largo plazo. Resistir, azotar las finanzas con golpes repetidos, multiplicar las zonas de gratuidad forman parte de una guerrilla de hostigamiento que requiere más ingenio que violencia (como lo demuestra el levantamiento de los peajes de las autopistas, el libre paso en las cajas de los supermercados, el bloqueo de la economía).

El Estado fuera de la ley. El capitalismo y su policía estatal no nos darán un regalo. Combatirán el surgimiento de las zonas donde se desterrará la opresión estatal y la reificación mercantil. Saben que lo sabemos y creen que nos harán arrastrarnos débilmente bajo la amenaza de sus grandes batallones. Sin embargo, su jactancia los ciega. Lo que nos dan es, en efecto, un regalo. Nos entregan nada menos que una razón que anula la razón de Estado.  El gobierno recurre a la dictadura para reformar, para remodelar la democracia con golpes de garrotes y de mentiras. Así pone en contra de sí el derecho inalienable a la dignidad humana. Justifica la desobediencia civil como un recurso legítimo contra la inhumanidad. Sí, nuestro derecho a vivir ahora garantiza la legitimidad del pueblo insurgente.

Este derecho proscribe la ley del Estado que lo ignora. La autodefensa es parte de la auto-organización. Ella nos pone frente a una alternativa: dejarla desarmada es un acto suicida, militarizarla la mata. Nuestro único recurso es innovar, superar la dualidad de los contrarios, la oposición entre el pacifismo y la guerrilla. El experimento está en marcha, acaba de empezar.

El Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), como cualquier ejército, tiene una estructura vertical. Sin embargo, su función es garantizar la libertad y horizontalidad de las asambleas en las que los individuos toman colectivamente las decisiones que se consideran mejores por todos y para todos. Las mujeres han obtenido, por  voto democrático, la garantía de que el EZLN intervendrá solo a título defensivo, nunca con fines ofensivos. La mera presencia de una fuerza armada ha sido suficiente hasta la fecha para disuadir al gobierno de aplastar a los zapatistas mediante el uso del ejército y los paramilitares. Nada ha sido jugado, todo se  juega constantemente.

La situación de Rojava es diferente. La guerra librada por la internacional del lucro ha condenado a la resistencia popular a responder en el terreno del enemigo, con sus armas tradicionales. Era un estado de emergencia. Sin embargo, el lugar preponderante de las mujeres, la voluntad de fundar comunas liberadas del comunitarismo, el rechazo de la política empresarial y la primacía otorgada al ser humano auguran una renovación radical de los modos de lucha. Evidentemente, estos ejemplos no son un modelo para nosotros, pero podemos aprender lecciones de su carácter experimental.

Federar las luchas. Lo que más cruelmente falta en las insurrecciones que se están extendiendo gradualmente sobre nuestra tierra, que está amenazada por todas partes, es una coordinación internacional. Si el nacimiento del movimiento zapatista no fue sofocado en el acto, esto se debió a una movilización  inmediata de las conciencias. Una onda de choque sacudió la apatía general.

Aunque el movimiento de los chalecos amarillos arrancó a la inteligencia popular de un largo letargo, el alboroto mediático, el martilleo del discurso estereotipado, de la neolengua que invierte el significado de las palabras, han recuperado la ventaja y han aumentado considerablemente la eficacia de la máquina de cretinización. Se podría haber asumido que una ola de indignación y protesta global —un «Yo acuso» universal— habría liberado a Julien Assange y protegido a los denunciantes. El espesor del silencio ha demostrado que la era de los asesinos se está instalando discretamente. El cementerio es el modelo social programado. ¿Vamos a tolerarlo? ¡Ni triunfalismo ni derrotismo! La vida ha emitido un grito que no se extinguirá. Solo necesitamos propagar su conciencia por los cuatro rincones del mundo. Poseemos una potencia creadora inagotable. Tiene el poder de suplantar,  con los ritmos de la vida recién descubierta, la aburrida danza macabra donde se pudre lo vivo.

Al despojarnos de nuestros medios de existencia, el Estado ya no nos protege del crimen, es el crimen. Nuestra legitimidad es derribarlo. La defensa de la vida, de la naturaleza, del sentido humano lo implica.

¿Abatirlo? No. Cuando el proyecto se concibe de esta manera se empaña con una connotación militar y fanfarrona cuyos ejemplos pasados nos llaman a ser cautelosos. ¿No sería mejor vaciarlo desde adentro, para recoger y hacerse cargo de este bien público1 cuyas conquistas se suponía que debía garantizar y que ha vendido a los intereses privados? De eso se trata la Comuna. ¿No?

Cada cual es libre de diseccionar desde arriba al Estado y al sistema mafioso del cual es el brazo opresivo. Bajo el bisturí de la precisión analítica, hemos visto multiplicarse una serie de revelaciones y denuncias que desnudan al rey hasta el extremo de su inhumanidad transhumanista.

Estas señalan con el dedo las obras bajas urdidas en los bastidoresdorados del teatro elíseo. Muestran cómo la realidad forjada por los explotadores tiende, por la enormidad de su mentira, a reemplazar la realidad que viven los explotados. Cómo somos reclutados a la fuerza en un mundo al revés donde solo somos peones manipulados por cretinos. Estas son acusaciones implacables contra el Estado, pero el Estado las empujará con el pie hasta que no se lo cortemos.

El gobierno legisla sin tener en cuenta el sufrimiento del pueblo de la misma manera que los aficionados a las corridas de toros omiten el dolor animal. Por mi parte, solo puedo rebelarme frente a la inocencia oprimida. Siempre he optado por erradicar la miseria de la experiencia —empezando por la mía— para abolir, atacándolo desde abajo, el sistema que la causa desde arriba.

¡Bajemos a nuestra tierra! El escándalo no está ahí arriba, donde los consternados sociólogos y economistas examinan la acumulación de inmundicias, sino aquí, en la base de la pirámide, está en el hecho de que estamos dejando en manos de incompetentes y estafadores áreas que nos afectan de cerca: la educación,  la salud, el clima, el medio ambiente,  la seguridad, las finanzas, los transportes, la difícil situación de los desfavorecidos y de los migrantes.

Nuestro empobrecimiento paga el precio de las guerras del petróleo, las incursiones de depredación de cobre, de tungsteno, de tierras raras, de plantas capturadas por patentes farmacéuticas.  ¿Vamos a seguir financiando con nuestros impuestos y contribuciones la extracción de nuestros recursos y la prohibición de gestionar su uso?

Las cifras de negocios y sus administradores se burlan de las escuelas igual que de las camas y los tratamientos que necesita el hospital. Aquí estamos boquiabiertos frente a la infame inhumanidad que los gobernantes cubren en el cilicio acolchado de su arrogancia. ¿Qué debemos hacer con sus discursos contra la violencia, la violación y la pedofilia ahora que la depredación, base de la economía, se predica en todas partes y se le propina a los niños con el palmetazo de la competencia comercial y la pugna?

¿A qué grado innoble de esclavitud consentida debe descender un pueblo para aceptar que los ricos administradores de su miseria lo despojen de esta existencia, de esta familia, de este ambiente que es capaz de administrar por sí mismo? La bancarrota del Estado es la victoria pírrica de las multinacionales del «lucro a pura pérdida». Depende de nosotros jugar, y jugar a favor de la vida es dejarla ganar.

¿Qué debemos hacer con sus ministerios y burocracias cuya misión es demostrar que el enriquecimiento de los ricos mejora la condición de los pobres; que el progreso social consiste en reducir las pensiones, los subsidios de desempleo, las estaciones, los trenes, las escuelas, los hospitales, la calidad de los alimentos?

¿Cuándo vamos a reapropiarnos de lo que pertenece a la humanidad y está a nuestro alcance? Dado que este bien público es el que nos toca más de cerca, es parte de nuestra existencia, de nuestra familia, de nuestro entorno.  En oposición a las instituciones pretendidamente dirigentes, erigimos como exigencia absoluta que la libertad humana revoque las libertades del lucro, que la vida importe más que la economía, que el objeto manipulado ceda el paso al sujeto, que el trabajador, producto y productor de la desgracia, aprenda a convertirse en el creador del mundo creando su propio destino. Los contaminadores e incendiarios del planeta utilizan la ecología como detergente para lavar el dinero sucio. Mientras tanto, en el bar de la mentira cotidiana, los consumidores brindan por las medidas a favor del clima, mientras que a diez metros de casa luchan contra los pesticidas, contra las industrias (Seveso), contra los perjuicios del lucro. ¿Cómo no podemos ver esto como una prueba de que nuestras luchas son locales e internacionales?

El pueblo, el barrio, la región no necesitan de un ministerio para promulgar una prohibición de las empresas tóxicas desde el momento en que basan en nuevas prácticas y experimentos, como la permacultura, la reinvención de productos útiles, agradables y de calidad. Promover los transportes gratuitos  es una respuesta plausible a la privatización de los ferrocarriles y los entramados viales por medio de la estafa gubernamental.

La autoconstrucción es capaz de echar por tierra la especulación inmobiliaria. La estimulación de la búsqueda de fuentes de energías no contaminantes (¿central solar?) Es capaz de eliminar el petróleo, la energía nuclear y el gas de esquisto. En cuanto al ministerio de la  educación concentracional, no resistirá a las escuelas de la vida que las iniciativas individuales y familiares propagan por todas partes.

No es nuestro problema dejar el mercantilismo fuera o no del euro. La verdadera cuestión es prever la desaparición del dinero y diseñar cooperativas que promuevan el intercambio de bienes y servicios ya sea que utilicen o no una moneda no acumulable. El hecho de que estas soluciones, que son practicables en entidades pequeñas, luego se federen a nivel regional e internacional, marcará un punto de inflexión decisivo en el curso de la organización tradicional de las cosas. Hasta ahora ha sido privilegiada la cantidad. El único razonamiento fue en términos de los grandes grupos. El reino de la mayoría, de las cifras, de las estadísticas impuso un desorden en las multitudes gregarias donde el orden represivo aparecía ilusoriamente como un factor de equilibrio.

Vivir la Comuna. La Comuna autogestionada es el poder del pueblo por  el pueblo. Así como la estructura familiar patriarcal fue la base del Estado, sagrado
o profano, la Comuna y sus asambleas autogestionadas harán latir el corazón de la generosidad individual. Así como la religión fue una vez el falso corazón de un mundo sin corazón, ahora la vida humana imprime su ritmo al mundo nuevo. Abandona el viejo a la agotadora taquicardia de las especulaciones bursátiles.

La insurrección pacífica es una guerra de guerrillas desmilitarizada. Debe tener como base y objetivo la auto-organización de las comunas autónomas. Antes que la autoridad del amo nuestro enemigo más temible es la resignación de los esclavos. La abolición del Estado como órgano de represión requiere el creciente desarrollo de la desobediencia civil. La resistencia, la obstinación y el ingenio de los chalecos amarillos me sugirieron que la determinación para enfrentar la violencia de la represión estatal y para mantenerse firme sin caer en el izquierdismo paramilitar, el retro-bolchevismo y otras palinodias guevaristas debería llamarse «pacifismo insurreccional» o «insurrección pacífica».

Evitar los encuentros cara a cara con el poder represivo del enemigo implica nuevos ángulos de enfoque en el tratamiento de los conflictos. Hasta ahora, el enfoque más efectivo es la resolución firme y fluctuante de los chalecos amarillos. Es su manera de intervenir donde no se espera, de golpear, de acosar, de aparecer, de alejarse y de ser omnipresente. Una inventiva inusual y sorprendente es lo que los convierte en un «cuchillo sin mango cuya hoja ha desaparecido». Como lo expresó poéticamente un insurgente:

«No disparamos con un arma, disparamos con nuestra alma».

Raoul Vaneigem,

12 de enero de 2020

[1]. Es importante que precise lo que en Francia se entiende por “bien público”. El bien público es lo que en latín se llama res publica, de donde procede la palabra “república”. Pero lo importante no reside aquí. El “bien público” forma parte de una fase histórica del desarrollo capitalista, en la época en la que era todavía capaz de apaciguar al pueblo lanzándole migajas. Es preciso saber que el movimiento de resistencia que había luchado contra la ocupación nazi representaba un peligro una vez obtenida la victoria contra Alemania. Para evitar la amenaza de una revolución, el Estado francés otorgó al “Consejo de la resistencia” una serie de medidas para desactivar el riesgo de conflagración: subsidio de desempleo, seguridad social que permitía el acceso a los cuidados médicos, garantía de una jubilación hacia los 50 años, subsidios familiares, salarios regulados, derecho de huelga, relativa libertad de expresión. A lo que hay que añadir un funcionamiento correcto de los transportes, de los hospitales, etc. Todas estas reformas mejoraron la supervivencia de la clase popular al mismo tiempo que mantenían su sumisión.
 

Son estas conquistas sociales, obtenidas al precio de luchas reivindicativas, que hoy en día forman este “bien público” y es precisamente este bien público el que el Estado, mano derecha de las multinacionales, está vendiendo al sector privado. Es todo un sistema de supervivencia que se ve amenazado. La lucha contra la liquidación del sistema de las pensiones de jubilación constituye un detalle emblemático. Nos recuerda que la existencia de la mayoría consiste en trabajar hasta la muerte y morir buscando trabajo. Esto es algo que ya no queremos. Y recuerda también de qué manera se adquirió esta miserable reforma. Por un movimiento de resistencia que hostigó al ocupante nazi y que se había prometido hostigar al capitalismo pretendidamente demócrata que había cogido la delantera. Lo que este movimiento de resistencia no hizo en la segunda parte de los años 40 del pasado siglo, lo puede hacer hoy. No con los fusiles de una guerrilla urbana, cuyos resultados ya conocemos, sino mediante un hostigamiento clandestino del enemigo, mediante los golpes infligidos a la máquina de triturar que el lucro pone en movimiento contra nosotros. Es la poesía insurreccional, individual y colectiva, la que destruirá a los zombis que nos gobiernan perforando la billetera que tienen en lugar de corazón.

Enlaces relacionados / Fuente: 
https://enoughisenough14.org/2020/01/27/raoul-vaneigem-evade-chile-it-all-starts-here-and-now/#more-62305
https://enoughisenough14.org/wp-content/uploads/2020/01/Todo-empieza_mediacarta.pdf
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