El otoño de Kropotkin. Entre guerras y revoluciones (1905-1921)

Autor / es: 
Jordi Maíz Chacón
Editorial: 
La Malatesta

Reproducimos el prólogo de @Carlos_Taibo:

No deja de tener su interés, por otra parte, y formulo un cuarto apunte, la peripecia de alguien que regresa a su país luego de mucho tiempo. Siempre que he tenido la oportunidad de conocer a personas que han pasado por ese trance, venturoso o no, he procurado someterlas a interrogatorios sumarios. ¿Cuál era el recuerdo que, tras décadas de exilio, había conservado Kropotkin de su Rusia natal? ¿Con qué ojos contempló en 1917 las calles y las plazas de San Petersburgo y de Moscú? ¿Sería su lengua, que hundía sus raíces en la mitad del siglo XIX, la misma que hablaban sus interlocutores rusos de finales de la década de 1910? ¿Qué efectos en materia de percepción no tendrían los cambios operados en la cabeza de Kropotkin después de décadas de avatares, viajes y ciudades? Pena es que las respuestas a estas preguntas se las haya llevado la primacía que, al cabo, y de manera inevitable, había que conceder a lo que ocurría en la Rusia heredera de las revoluciones de febrero y de octubre de 1917.

Pese a que nos falten esas respuestas, Jordi Maíz reconstruye puntillosa y equilibradamente, en suma, los cuatro últimos años de la vida de Kropotkin: los que mediaron entre 1917 y 1921. No tengo ningún motivo para ocultar que la etapa final de la vida de las personas me ha provocado de siempre un interés singular. En el caso del príncipe anarquista, también aquí la pregunta parece servida: ¿cómo se desenvuelve alguien en las puertas de la muerte, obligado a moverse, al tiempo, en un escenario nuevo y precario? Creo que, y merced lo que se cuenta en este libro, lo suyo es concluir que, sorteados algunos titubeos, Kropotkin no dio, con toda evidencia, un paso atrás. Aunque inicialmente condescendiente con los bolcheviques –difícil panorama se le presentaba a nuestro hombre, necesitado de congraciarse con quienes en los años anteriores se habían distanciado, y de no sucumbir, en paralelo, a los halagos-, parece que recuperó el pulso libertario que había guiado toda su obra para asumir una crítica frontal y lúcida de lo que suponía el incipiente poder bolchevique, con la conciencia de adónde llevaba la locura de un Estado militarista y militarizado.

No está de más que recuerde que, para seguir siendo él mismo, Kropotkin nunca abandonó la tarea de la escritura. Esta última fue su compañera cotidiana en el tránsito de esos dos siglos en los que se hicieron valer la Primera Internacional y sus disputas, por un lado, y la confrontación entre bolcheviques y libertarios, por el otro. Kropotkin permitió alumbrar, con todo, y me repito, una tercera reyerta: la que, con el concurso de un fácilmente imaginable renacer anarcocomunista, parece llamada a atribuir un decisivo protagonismo a los pueblos del Sur. Por eso hay que seguir leyendo sus obras, y por eso hay que agradecerle a Jordi Maíz que nos facilite la tarea.

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