No puede estar pasando. uUn análisis de la coyuntura post-procés desde la Esgueva.

 

Entre septiembre y noviembre del pasado otoño hemos vivido una situación política excepcional. Primero en Barcelona, luego en Cataluña y después en el resto de las españas. Todo el mundo nos hemos visto inmersas en la crisis política derivada de la convocatoria catalana de un referéndum de autodeterminación. Se ha escrito y debatido mucho al respecto, pero echamos en falta algunas reflexiones desde el anarquismo que queremos poner en común.

 

Ya lo sabíamos, ahora lo sabemos todas

Desde el movimiento anarquista hemos visto otras veces cómo algunas de nuestras consignas se popularizaban cuando sectores importantes en lucha las hacían suyas. El ejemplo reciente más evidente es el del 15M, en el que la, hasta entonces minoritaria, “asamblea” y la aún más minoritaria “acción directa” se convertían en una herramienta de miles de personas movilizadas.

Estos meses hemos visto como se popularizaba otra idea que, si bien no es exclusiva del anarquismo, también nos hemos hartado de repetir: “esta democracia es una falacia”. Llevamos décadas siendo hostiles a las elecciones de distintos ámbitos hasta casi hacer de ello un dogma, un tic abstencionista e irreflexivo. En septiembre de 2017 esa hostilidad se vuelve inocua porque la convocatoria del referéndum no era una convocatoria electoral al uso. Es por ello que nuestra postura al respecto tampoco podía ser la misma. Esta convocatoria ha mostrado las contradicciones del Estado, en especial con el enfrentamiento entre la “voluntad popular expresada con urnas” y el “imperio de la ley”. Además, hemos visto al Estado mostrándose inestable y mostrándose en todo su esplendor como una organización de control social. Hemos visto a la prensa desatada, tratando a algunas políticas y políticos como hasta ahora sólo hacían con las de lejanos países. Hemos visto a la policía actuar como los ultras que son en su tiempo libre. Hemos visto a políticas en la cárcel por convocar manifestaciones y no comulgar con la Constitución vigente. ¿Qué más necesitamos para demostrar que “esta democracia es una falacia”?

En esa coyuntura gran parte de la militancia social ha visto una brecha en la que forzar posiciones de ruptura que puedan provocar la caída del Régimen del 78. De ahí el apoyo decidido al referéndum de gran parte de los movimientos sociales. Por nuestra parte, entendemos que en mucha gente, especialmente entre la que nos hemos criado de finales de los setenta a esta parte, hay una necesidad de ver una “modernización” de un sistema que tiene muchos tics franquistas. Compartimos esa sensibilidad. Por eso vemos normal y apoyamos que haya movilizaciones que busquen generar los cambios que en la “transición” no se implantaron. Creemos que podría haber sido el momento de poner sobre la mesa el Régimen del 78, la herencia del nacionalcatolicismo, el porqué de la existencia del Senado o del actual Código Penal, el borrado de la memoria histórica, la monarquía o el entramado político corrupto construido sobre la represión y el crimen. No nos apasiona la idea de vivir en una democracia “más moderna” que sea más de lo mismo, pero mucho menos vivir con todo el estado franquista en funcionamiento.

La inestabilidad ya no es nuestro territorio

Durante estos meses de crisis catalana, el sistema de gobierno español se ha visto expuesto a una inestabilidad que parecía que podía tumbarlo. Sin embargo, ha superado la prueba y ha salido fortalecido. El 2018 el primer resultado a nivel político es la aniquilación del autogobierno catalán que había dentro del marco de la comunidad autónoma, que hoy en la práctica sigue suspendida. Esto tampoco tiene mayor trascendencia en un contexto de falsas democracias en las que mandaban y mandan las mismas oligarquías capitalistas mundiales. Nos inquieta más el resultado social: impotencia en la población movilizada, reforzamiento de los cuerpos policiales (estatales o autonómicos), normalización de la implicación política de supuestos entes neutrales (jueces, policías y monarcas), una enorme capacidad de influencia de la prensa y los medios de comunicación en la sociedad… Llevamos ya una década desde el estallido de la gran crisis de 2008 y el régimen del 78 se ha habituado a capear crisis: la crisis económica, la crisis de gobierno de 2016, la crisis de seguridad antiterrorista y ahora esta. El régimen ha hecho de la necesidad virtud y ya no capea las oleadas que le van viniendo, sino que ha hecho de la crisis una manera de gobernar. Las crisis van regenerando al Régimen, sustituyendo sus peones más obsoletos por otros más útiles.

La idea de fragilidad del Régimen ha sido un espejismo. Tal vez más que un espejismo, hemos vivido un test de stress como al que se sometió el Estado Alemán el pasado julio en Hamburgo. Una demolición planeada, con una ejecución chapucera, pero con resultado satisfactorio. No queremos trasladar una teoría de la conspiración que presuponga que todo estaba bajo control en todo momento, porque creemos que evidentemente eso no es así. La capacidad de control del Estado, aunque bastante grande, no es ilimitada. Nos referimos a que la política del Estado Español ha atizado y alentado la crisis para poder desatar lo que ha venido después.

El anarquismo, en toda su diversidad e historia, ha puesto muchas esperanzas en esos momentos de crisis en los que todo parece posible. Ninguna tendencia tiene patrimonio de esto. El anarcosindicalismo más pragmático sobrevive de entrar en conflictos laborales y ser la herramienta más útil para la defensa y el ataque. El insurrecionalismo siempre hizo suya la idea de sembrar focos de inestabilidad en los que insertar su mensaje y su praxis. Hasta el plataformismo que más gala hace de planificación y estrategia a plazos se desvive por aprovechar coyunturas de crisis para hacer fuertes sus posiciones programáticas. Sin plantear en ningún caso dejar de incidir para recluirnos a nuestros espacios de comodidad, sí que creemos que la idea que muchas nos planteamos de que el Régimen estaba a punto de quebrarse ha sido una ilusión y que hemos caído en el engaño por no tener suficiente perspectiva. Hubo un momento en octubre en que se propagó más allá de Cataluña la consigna de movilizarse masivamente para “desbordar” al Régimen español. No tuvo mucha acogida en el entorno militante, tampoco en el anarquismo. Entre otros motivos, había uno que pesaba más que cualquier excusa ideológica y era la intuición que estamos constatando: el régimen estaba muy fuerte a todos los niveles y nosotras en horas muy bajas.

La plurinacionalidad desde la no-nación

En las siguientes líneas vamos a entrar en el tema que más incómodo es para las izquierdas, para los movimientos sociales y para el anarquismo y que es el que ha enturbiado todos los debates y encendido los ánimos.

Nosotras no somos catalanas, nuestra realidad es bien distinta. En nuestro contexto el hecho nacional tiene una manifestación muy distinta a la que tienen en otros territorios, con o sin estado propio. Independientemente de las sensibilidades nacionales que pueda tener cada compañera de nuestro grupo, o del movimiento libertario, o de toda la vecindad que nos rodea, aquí no hay un espejo que contraponer al catalán. No hay un “otro” en igualdad porque aquí no hay un sujeto consistente que esté al mismo nivel que el catalán.

A nuestro alrededor la mayoría de la población tiene una sensibilidad española, aunque esta no es uniforme sino que tiene muchos matices. Esa sensibilidad no puede contraponerse a una parte de si, por lo que no se puede reconocer un “otro” territorial, tan sólo un “otro” político o ni siquiera eso: un “otro” irracional e incomprensible. Esto es consecuencia de una historia reciente en la que se extirpó, de manera brutal, cualquier otra concepción territorial o política a del movimiento nacional (español), cuyas consecuencias vemos ahora. Queda el espectro de “las dos españas”, que está completamente vivo y hace que dentro de la sensibilidad española haya posiciones irreconciliables. Ya sabemos que una de estas dos españas tiene el poder a todos los niveles, mientras que la otra españa tiene calado en las capas populares y por lo general es una sensibilidad mucho más sana y alejada del nacionalismo fanático. La sorpresa de estos meses es que ambas sensibilidades hayan coincidido en dar la espalda al proceso catalán, aunque con distintos grados de fanatismo y con algún matiz.

El mes de septiembre fue vivido por las gentes de Castilla y más allá como una afrenta personal al ver como se tambaleaba algo con lo que contaban a un nivel inconsciente y en muchos casos inconfesable. Ese “algo” no era solo la unidad del territorio español. Era la propia estabilidad de sus vidas proyectada en la estabilidad de sus marcos de referencia: el país, la democracia, la normalidad. Esta sensación de crispación circula por toda la sociedad, alimentada desde la prensa.

Este clima de tensión explica que las apariciones del españolismo más oscuro hayan tenido un respaldo mucho mayor del que podría esperarse unas semanas antes. Esas apariciones, furiosas e inconscientes, tienen además la seña de ser profundamente antipolíticas: se señalaba al PP y a “los políticos” por no haber hecho nada para solucionar el problema. Esta lectura antipolítica fue el principal motor de la indignación en los meses de septiembre y octubre.

A la vez, y en la misma medida, se fue construyendo la imagen de un salvador que pone orden: el policía, el guardia civil y el Rey. Estas instituciones son las que salen mejor paradas de cara a la población. Los meses posteriores han vuelto a acercar al PP al puesto de mando del españolismo del que se alejó en octubre, sin que hayan podido consolidarse. Este españolismo no acaba de confiar de nuevo en el PP por el fracaso de Soraya en la prometida reconquista y estabilización.

Las movilizaciones del españolismo que hemos visto han demostrado la extrema debilidad del área patriota española. Pocos, cobardes, indisciplinados, enfrentados entre sí y, aún contando con todo el apoyo mediático del régimen, sin ninguna proyección. Por otro lado, está más que consolidado desde hace más de una década el poder mediático y agitador de la llamada “caverna mediática”, cuya capacidad de crear y difundir conceptos es enorme y, sin embargo, son muy difíciles de tomar en serio para la inmensa mayoría de la población.

Lo inquietante es el surgimiento de movilizaciones y de mensajes que surgen del entorno y directamente de los propios cuerpos policiales alentados por esa imagen que se ha creado a su alrededor. Hay que señalar que esas movilizaciones del españolismo han sido promovidas desde cuerpos del estado –policías y militares. Ellos mismos convocan movilizaciones, salen en la prensa y hacen la labor de comunicación política que ni el gobierno ni las fuerzas políticas del españolismo han hecho. Esto es una novedad que tiene siniestros antecedentes en Grecia o Francia o en nuestra propia historia.

Pero como ya hemos ido dejando entrever, más allá de esta coyuntura, el problema político que supone “la cuestión nacional” en estas tierras está lejos de ser tan simple como “posicionarse”, si es que en alguna latitud es así se sencillo. Por otro lado, renegar de este factor, despreciarlo y considerarlo irrelevante frente a “las cosas importantes” es un error de bulto para cualquiera que quiera incidir en la sociedad. Hemos visto especialmente en nuestro movimiento a compañeras defendiendo la contraposición entre las luchas “de clase” y las luchas “nacionales”, como si fueran dinámicas completamente independientes o incompatibles. Además, que desde los medios se machaque con Cataluña, con Operación Triunfo o con la corrupción parece que no tiene mayor importancia para que haya más o menos luchas sociales. Quién tenga memoria lo podrá ver. Las luchas en la sociedad son complejas y afectan muchos factores. Uno de ellos es el terreno emocional, en el que se junta desde la identidad de una misma hasta la concepción del país que cada cual tiene. Querer barrer de forma intolerante las sensibilidades de la población, bien para imponer un nacionalismo uniformador, bien para imponer un anacionalismo cosmopolita, está en la antítesis de lo que podemos defender.

Campo amarillo

Si nuestra la lucha es por la libertad y la vida, la cabida que tienen todas estas cuestiones parece secundaria ante la grandeza de nuestras aspiraciones. Por suerte vivimos inmersas en una realidad en la que tenemos parientes, compañeras de trabajo, de estudios, de lucha, parejas, amigas y un montón de personas a nuestro alrededor con las que queremos construir un mañana mejor partiendo de estas contradicciones. Si hacemos públicas nuestras reflexiones es para aportar nuestra percepción a esta situación que parte de nuestra gente ha vivido con tristeza, otra parte con miedo, otra parte con angustia y la gran mayoría con hartazgo y pocas certezas.

Como no queremos pasar de puntillas por determinados temas que en principio son ajenos a nuestras luchas cotidianas, creemos que es importante poner en común cómo afrontar toda esta coyuntura desde nuestra realidad. Eso significa que las lecciones que saquemos de esta situación debemos aplicarlas sobre nuestras luchas. El horizonte es hacer que esas luchas pequeñitas y limitadas vayan engarzándose con otras, buscar y encontrar su denominador común para fortalecerlo en su perspectiva anticapitalista y contra el Estado y así trazar nuestra estrategia hasta forzar desde todas las luchas los mismos límites últimos del sistema. Pero las respuestas difícilmente se dan en los libros, se encuentran en la calle y al calor de la revuelta.

Valladolid, Febrero de 2018

Grupo Anarquista Cencellada

Enlaces relacionados / Fuente: 
https://cencellada.noblogs.org/files/2018/02/NOPUEDEESTARPASANDO.pdf
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