101 definiciones de anarquismo

Autor / es: 
Grupo de Estudios J.D. Gómez Rojas (comp)

A propósito de la lectura de “101 Definiciones del Anarquismo” (Editorial Eleuterio, 2017), se me vino a la cabeza un recuerdo.

En 2012 tuve la suerte de asistir al Encuentro Internacional de Anarquismo en Saint Imier, un pequeño pueblo suizo ubicado en las montañas del Jura. El motivo de la convocatoria era el 140° aniversario del Congreso de Saint Imier, hito fundador del anarquismo organizado que contó con la participación de insignes ácratas como Mijail Bakunin y James Guillaume. Ciertamente, dicho acontecimiento marcó una de las formas más reconocidas del movimiento anarquista, en estrecha relación con la Asociación Internacional de Trabajadores y su propósito de llevar a cabo una revolución social inmediata a través de diversos métodos de organización, agitación y propaganda.

Extrañamente, a más de un siglo del Congreso, existen individuos y grupos que se identifican con las tácticas de esta época y toman este hito como forma única del anarquismo. Se les escucha decir: “Bakunin dijo…”, “Según la Primera Internacional deberíamos…”, llegando incluso a entramparse en la mítica riña entre Bakunin y Marx como si en ello se encontrara la sustancia del ideal anarquista. A estas alturas, la discusión se ha desarrollado a tal punto que ya existe un “Marx anarquista” y un “Bakunin marxista”. No cabe duda: el lenguaje da para todo.

Sin embargo, pese a esta ilusa inmanencia, el Encuentro Internacional del Anarquismo de 2012 demostró que la situación actual ha cambiado sustancialmente desde aquel entonces. La razón no es la que todos supondrían, a saber, que siempre hay algunos que se creen más anarquistas que otros, ya sea porque son veganos, okupas o viven del trueque. No, la razón no es tan banal. Si retrocedemos en el tiempo, nos encontraremos con un pueblo suizo habitado principalmente por relojeros, es decir, personas cuyas vidas no se relacionan mayormente con la autoridad. Más aún, nos encontraremos con individuos que son capaces de reconocer sus problemas con mucha más claridad de lo que podemos hacerlo nosotros. No necesitan descargar desde Internet ninguna “Introducción al anarquismo” para saber qué tienen que pensar, pues todo lo encuentran en el diálogo de sus discusiones y cartas. Además, viven en Europa, cuna de la discordancia y continente que alberga las expresiones más déspotas del Poder.

Después de Saint Imier, los barcos comenzaron a salir con más frecuencia hacia otras tierras. Luego, los aviones cruzaron los cielos. Posteriormente, los cables formaron redes y las antenas enviaron señales, y la comunicación empezó a unir todas las curvas de la Tierra. Las ideas anarquistas, obviamente, se trasladaron junto a toda esta innumerable información en la cabeza de los inmigrantes o por los aires invisibles. La coherencia de estas ideas no dependía de su ubicación geográfica, sino en la capacidad de reconocer y combatir el problema de la servidumbre y la dominación en nuestras sociedades. En este sentido, el viaje de La Idea a través del mundo no obedecía a los designios del Congreso de Saint Imier. Al contrario, en nuestro caso, el anarquismo tomó formas muy diversas en América Latina, tierra indígena, colonizada y de profundo arraigo cristiano (ver El anarquismo en América Latina de Carlos Rama y Ángel Cappelletti).

Lo mismo ocurrió con el devenir del tiempo: las guerras mundiales, la acelerada globalización, la informática, la luz artificial, las ciudades, la polución, en fin, los cambios del siglo XX y XXI que han perfeccionado la estructura de dominación y que nos señalan que estamos atravesando una etapa crucial de la evolución. Por esto, la figura contemporánea del anarquismo es diversa: se ocupa de asuntos tan distintos como la seguridad informática o los problemas ambientales.

En este sentido, ¿qué nos enseñó aquel Encuentro Internacional del Anarquismo? Que no es necesario visitar ninguna “Meca de la Anarquía” para reflexionar y actuar sobre nuestro porvenir. Lo esencial es la inquietud que aquellos viejos ácratas instalaron en nuestras vidas: que de la obediencia sólo nace la podredumbre, que la libertad no está inmóvil y que, al contrario, ella se mueve para desprendernos de nuestra relación servil. Nadie está sobre ti. El orden de la sociedad no precisa mandatos externos.

De ahí que el ejercicio del Grupo de Estudios José Domingo Gómez Rojas sea fundamental: “101 Definiciones del Anarquismo”, editado bajo su sello Editorial Eleuterio, es una muestra clara y concisa de la heterogeneidad ácrata, variable en cada individuo que sabe que no existe más definición que la suya propia. Es un libro, por ende, que nace de la aspiración a vivir en una sociedad sin jueces. Entre los 101 fragmentos hay definiciones favorables y otras contrarias, al mismo tiempo que discusiones ocultas y mensajes secretos. Además, se extienden las definiciones a lo pictórico (Benito Rebolledo y Paul Signac), a los símbolos (una A en un círculo, un gato-sabotaje, una mujer lanzando una piedra), a la música, a la literatura y a las consignas revolucionarias (¡Tierra y Libertad!).

“101 Definiciones del Anarquismo” es una celebración a la ausencia de definición. De hecho, sus páginas comienzan con las palabras del ácrata Agustín García Calvo: “La definición es la muerte”. Por eso, el Grupo Gómez Rojas, bajo la luz de una luna roja, se pregunta: ¿Hay alguien que pueda responder con seguridad qué es la anarquía? Respondemos: la multiplicidad es la vitalidad de la anarquía. Su lucha contra el Poder es dinámica y fugitiva.

No queda más que invitar a la lectura azarosa u ordenada de estas páginas. El pensamiento, que es acción, ampliará sus horizontes.

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