Ayotzinapa. El rostro de los desaparecidos

Autor / es: 
Tryno Maldonado

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Entrevista de Esteban Zunín. Cultura Fetén

La noche del 26 de septiembre de 2014, 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa -escuela de magisterio de arraigado compromiso político- fueron desaparecidos por agentes del Estado mexicano en la ciudad de Iguala, mientras circulaban en buses “expropiados” por ellos mismos con el objeto de viajar a la Ciudad de México para participar en una manifestación en conmemoración de la matanza de Tlatelolco (1968).

Han pasado más de dos años desde aquella noche fatídica y los 43 de Iguala siguen en paradero desconocido, mientras sus compañeros y familiares no cesan en su búsqueda de justicia y verdad, ante un Estado que mantiene una actitud obstruccionista y encubridora.

Uno de los libros más destacados sobre el caso ha sido escrito por Tryno Maldonado. A los pocos días de los sucesos de Iguala, este escritor zacatecano se trasladó a Ayotzinapa donde colaboró y convivió durante meses con los familiares y compañeros de los desaparecidos. Fruto de esa experiencia, nació el libro “Ayotzinapa. El rostro de los desaparecidos”, una crónica en la que conjugan perfiles de los normalistas desaparecidos y sus familiares con una relato de lo ocurrido esa noche, contado a partir del testimonio de los supervivientes.

Conversamos con Tryno Maldonado sobre el caso Ayotzinapa, la génesis de su libro, la relación política-literatura o la construcción de memoria histórica, entre otros temas.

¿Cómo fue el momento en que decidiste dejarlo todo para irte a Ayotzinapa “con sólo una mochila al hombro, una libreta y un cambio de ropa”, como dices en el prólogo del libro? ¿Qué pasaba por tu cabeza, qué te impulsó a tomar esa decisión?

Los eventos ocurridos durante la noche del 26 de septiembre de 2014 en Iguala fueron saliendo a la luz lentamente. Conforme la sociedad mexicana se fue enterando del terror y la violencia a la que fue sometido un grupo de estudiantes, la indignación y la rabia fue creciendo hasta niveles que hacía mucho no se veían en México. La sociedad salió a tomar las calles para exigir no sólo verdad y justicia para ese grupo de muchachos, sino la renuncia del principal representante del Estado mexicano: Enrique Peña Nieto. Vivimos un momento de contingencia nacional y, como tal, había que reaccionar con las herramientas y los mecanismos que tuviéramos a mano para generar sobrepesos. Llegó un momento en que escribir columnas, escribir tuits y asistir a marchas para mí ya no era suficiente; había que dar un paso más: decidí acercarme a las víctimas, ofrecer mis servicios a la Normal de Ayotzinapa y ofrecerme como vehículo para hacer públicos los testimonios e historias de las familias de los muchachos desaparecidos. Ofrecerme también para darles a los sobrevivientes las herramientas para contar sus historias a través de un taller. Fue mi primer reflejo. Sin embargo, terminé siendo de más utilidad barriendo la cancha de la escuela, cargando víveres, limpiando baños o ayudando en la cocina del campamento. Ahora pienso que la comunidad y la confianza mutuas se forja en realidad en esas labores cotidianas.

Hay que recordar que el Estado mexicano promovió una supuesta “versión histórica” falsa e ignominiosa. Desmentir esa verdad de Estado a través de lo que creo sé hacer un poco mejor –escribir y enseñar a escribir–, fue la forma en que podía aportar algo a la lucha. Y no sólo eso: poco a poco me integré como un miembro más del movimiento de familiares y sobrevivientes de Ayotzinapa en labores cotidianas en la normal, en labores de brigadeo, actividades y marchas. El vínculo se estrechó y hasta la fecha considero a muchas de esas personas como parte de mi familia extendida.

En el libro afirmas que “lo que encontré en Ayotzinapa fue la mayor lección de vida que he recibido”, ¿qué fue lo que más te impactó? ¿qué aprendiste, en qué te cambiaron los meses que pasaste en Ayotzinapa junto a los compañeros y los familiares de los normalistas desaparecidos?

El gobierno mexicano suele golpear a los más pobres, a los más vulnerables. Se ensaña con ellos. En torno a la comunidad de Ayotzinapa se congregan campesinos cuya única esperanza de una vida más digna es a través de la Normal Rural. Es un gran referente para la comunidad. Encontré en estas familias lo que considero, quizá junto a las comunidades zapatistas, una de las reservas morales más grandes de México. Desde el primer día de ellos y de ellas recibí la generosidad de esos valores que las políticas neoliberales pretenden erradicar de la sociedad, como la comunalidad y la solidaridad. Quizá lo que más me impactó fue no sólo la fuerza y la valentía de esta gente para confrontar al poder de un gobierno coludido con la delincuencia organizada, sino, además, su gran calidad moral, su honestidad transparente y su dignidad incorruptible. Esa simiente que representó su ejemplo dejó en mí una huella profunda. Un parteaguas capital a nivel personal. En más de un sentido me considero, en efecto, una persona diferente a partir de esos meses de movimiento

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Para escribir el libro “Ayotzinapa. El rostro de los desaparecidos” recogiste decenas de testimonios de familiares y compañeros de los 43, ¿cómo viviste tú, cómo vivieron ellos, el proceso tan duro y doloroso que es hablar de un familiar desaparecido, de un compañero desaparecido, de lo que pasó aquella noche…?

A pesar de que mi presencia en Ayotzinapa no tenía como finalidad escribir un libro, al inicio muchas de las madres, hermanas, padres y compañeros de los muchachos desaparecidos evitaban el momento de sentarse conmigo a hablar para que escribiera sus testimonios. Lo hacíamos en los descansos de las actividades o de las marchas, en los dormitorios, después de asistir al comedor, o en sus casas a lo largo de cuatro meses. Con algunos de los sobrevivientes incluso me reunía en grupos en el auditorio de la normal: la experiencia de los relatos colectivos te desarmaba. Casi sin variedad eran actos catárticos. Y a mí me tocaba cada vez volverme una especie de contención emocional, lo que no era en absoluto sencillo. Terminé pagando las consecuencias emocionales y los estragos físicos con los meses. Revivir lo que vivieron la noche del 26 de septiembre representaba en cada nueva ocasión abrir la herida. Una herida muy profunda e imposible de cerrar hasta la fecha: la de una desaparición forzada, una pesadilla característica de las dictaduras del que sus víctimas no logran ver fin.

No obstante, si ellos no se sentían listos para hablar, jamás forzamos nada, sino hasta que ellos me llamaban. A diferencia de muchos periodistas enviados a sacar la nota inmediata, yo convivía diariamente con las familias y estudiantes. Así que nuestro proceso para verter sus testimonios fue bastante distinto: ocurrió de manera muy lenta y paulatina y se basó completamente en la confianza. Eran ellos los que me decían cuándo se sentían listos para hablar. Traté de serle fiel a esa confianza en todo momento y quiero pensar que el libro resultante de esos meses de convivencia es digno de ese espíritu, de ese vínculo.

¿Qué opinas de la reciente hipótesis planteada por la periodista Anabel Hernández en su libro, quién afirma que el principal responsable de las desapariciones fue el Ejército, que habría intervenido con el fin de recuperar sendos cargamentos de heroína que el narco transportaba escondidos en los autobuses que los normalistas habían expropiado para ir a la CDMX y que los habrían desaparecido para que no quedaran testigos de la recuperación de la droga? ¿Este hecho evidenciaría aún más la complicidad entre el narco, el poder político y las fuerzas militares y de seguridad? ¿México a día de hoy es un narcoestado?

México está secuestrado por un grupo criminal. El Cártel de los Partidos Políticos. Delincuencia organizada. Narco. Partidos políticos. Son la misma cosa. El caso Ayotzinapa sólo vino a evidenciar el alto grado de simbiosis que existe entre las instituciones y el narcotráfico. Hay evidencia suficiente de que todos los niveles de policía (municipal, estatal y federal), así como el Ejército mexicano, actuaron en los distintos momentos de la noche de Iguala. Mi libro, sin embargo, a diferencia del documento que citas, sostiene la misma hipótesis del GIEI de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos: el cargamento de droga posiblemente iba en el quinto autobús, un Estrella Roja que catorce muchachos tomaron por mero azar, y que no sólo no se incluyó en la supuesta “verdad histórica” de la Procuraduría General de la República, sino que desapareció físicamente y fue suplantado por otro al momento en que los expertos del GIEI hacían su investigación. Tanto ellos, los miembros del GIEI, como yo, levantamos testimonios en los mismos meses en Ayotzinapa y en Iguala. Quizá por eso las versiones encajan y son tan similares. Pero en esencia prevalece una hipótesis confirmada cada vez más: el Ejército mexicano y las policías actuaron esa noche con violencia bárbara para emboscar a los estudiantes y proteger los intereses del crimen organizado.

Durante tus meses en la Normal entablaste vínculo y un compromiso muy fuerte con los familiares y los compañeros de los 43 estudiantes desaparecidos que mantienes hasta el día de hoy: ¿cómo se sienten a dos años de las desapariciones?  ¿cómo afrontan su lucha y su búsqueda de verdad y justicia ante un Estado que no deja de poner obstáculos; por ejemplo, no dejando investigar en la base militar desde la que, como cuentas en tu libro, se envió la última señal de geolocalización del teléfono de uno de los desaparecidos?

Muchos de los hijos, las madres, los padres y hermanos de los 43 desaparecidos son ya parte de mi familia. Las familias de Ayotzinapa jamás eligieron este tipo de vida. El gobierno mexicano les robó sus vidas. Ya no pueden tener otro tipo de vida que no sea la búsqueda de sus hijos a costa de todo: han perdido sus tierras, su ganado, sus cosechas, su salud en estos dos años. Me parece que no hay un instrumento de terrorismo de Estado más cruel y más duradero que el de la desaparición forzada, una especie de cáncer en el tejido social que es imposible de sanar. Las puertas de las instituciones y los cuarteles están cerradas a cal y canto en todo lo que tenga que ver con el caso Ayotzinapa. La iniciativa de reforma para volver legales las labores policiales del Ejército, así como la creación de una Fiscalía General a modo para Raúl Cervantes, cercano de Peña Nieto, demuestran el miedo del gobierno mexicano a que la verdad sobre Ayotzinapa sea conocida.

Las familias se han topado con una pared de cinismo y corrupción ignominiosas. Sus ánimos y su salud están mermados; y, sin embargo, no deja de sorprender que cada mañana saquen fuerzas renovadas para salir por todo el país a darnos un ejemplo de lucha y de dignidad. La prueba de su tesón y de su incorruptibilidad es que seguimos aquí, hoy, hablando de Ayotzinapa a más de 27 meses.

¿Cómo entiendes la relación entre literatura y compromiso político? ¿Sientes que a lo largo de tu obra ha habido una evolución en la manera concebir la relación entre política y literatura?

No hay literatura que no sea política. Incluso la que finge desmarcarse a nivel anecdótico de todo tema social: novelas “solipsistas” o sobre “el vacío” y “la nada” y “la imposibilidad de escribir”… Los autores de mi generación que se asumen como “apolíticos” no pueden jugar ya a ser inocentes ni a refugiarse en el cinismo y el sarcasmo frente al panorama que transita México; tampoco pueden pedir no ser juzgados por la crítica como comparsa de este gobierno y sus instituciones podridas al momento en que deciden participar de sus políticas culturales o simplemente guardar silencio. México atraviesa un momento crítico en que es necesario tomar posturas claras y no andarse con medias tintas.

Me gusta pensar en mi obra como un archipiélago en constante proceso de construcción. Mi primera novela, en efecto, es una novela con un tema “político”. Lo mismo Teoría de las catástrofes, cuyo contexto es el movimiento popular del 2006 en Oaxaca para destituir a un gobierno criminal encabezado por el PRI. Supongo que autores mexicanos como los antologados en el libro oficial del gobierno México 20 tienen vidas privadas interesantísimas; yo no: yo prefiero hablar sobre mi comunidad, sobre los abusos que enfrenta ante la violencia de un Estado criminal. Ésa es la tónica de la mayoría de mis libros. Por lo tanto, trato de actuar en mi vida cotidiana en consecuencia.

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Te has definido como anarquista y has escrito también sobre ello, ¿cómo llegaste a esa convicción? ¿Qué significa para ti el anarquismo?

Todo pensamiento libertario, en esencia, implica la oposición a todo régimen basado en la autoridad. La Colonia. El Patriarcado. El Estado. Son conceptos que engloban ese sistema de autoridad que ha sometido y marginado a millones de personas durante siglos. Mujeres. Indígenas. Pobres. LGTB+. Etcétera. Incluso, el supuesto sistema democrático al que transitó México en el 2000 después de décadas de la dictadura perfecta del PRI ha demostrado ser fallido: el país ha quedado secuestrado por un sistema partidocrático amafiado. Las urnas son ya también inútiles. El pensamiento libertario incita a organizarse desde abajo, fuera de esas instituciones, y a luchar. Mi experiencia en Ayotzinapa reafirmó muchas de esas convicciones, pues pudimos llevar muchas de esas ideas a la práctica.

Siento que tu libro está próximo al trabajo que realiza la nobel bielorrusa Svetlana Alexiévich, ¿consideras que narrar la historia desde la perspectiva y la experiencia personal de sus testigos y protagonistas permite al público crear una conexión más fuerte y emotiva con esos acontecimientos y, en consecuencia, una memoria histórica más sólida? ¿cómo construir memoria histórica desde la literatura y el arte en general?

Leí a Alexiévich durante el proceso de escritura de mi libro. Te mentiría si dijera que la conocía desde antes, pues escaseaban sus traducciones. Tenía más en mente libros como A sangre fría de Capote o perfiles y crónicas de Gay Talese y del nuevo periodismo latinoamericano, con el que me siento muy cercano. Sin embargo, poco a poco me fui dando cuenta de que la forma en que trabaja Alexiévich es, en términos empíricos, bastante similar a lo que hice para el mío: su trabajo está basado cien por ciento en la empatía, está basado en la confianza con sus interlocutores. No puedes concebir esos testimonios estremecedores de las víctimas de Chernóbil sin todo el proceso de empatía y de vínculos afectivos que hay detrás para que te los brinden. Son meses, años de sentarte a compartir la mesa con las víctimas, ponerte en su lugar, asumir ese dolor también como tu dolor. Y, sólo entonces, después de meses de haberlo vivido y padecido, sentarte por fin a escribir. No es una exageración cuando digo que, a dos años de su desaparición, siento un gran vacío, siento todos los días la pérdida de los hijos de mis amigos. Muchas veces, desde que me mudé a Ayotzinapa, sueño con ellos.

Pero tampoco soy ingenuo. Sé que la literatura no cambiará al mundo. Sin embargo, este tipo de testimonios y de trabajo codo a codo con las víctimas del poder y de su violencia, creo volverá un poco más empáticos a los lectores. Quién sabe. Quizá este tipo de ejercicios logre hacer actuar a la gente para realizar acciones que modifiquen finalmente al país. Para bien.

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