De ideologías y la cultura del ‘no futuro’

Y aquí estamos, una vez más, contemplando otro mandato de demagogia, propaganda y atrincheramiento político. Las hordas oficialistas con la panza llena, satisfechas de la gula electoralista, de haber jugado bien la partida, con las cartas sobre la mesa, sin más ases en la manga que la continuación del “modelo”.

No hablemos de oposición, porque sería meternos en terrenos pantanosos, llenos de peligrosas criaturas sedientas de poder —y sangre. Mejor hablemos de la ignorancia que permea la actividad electoral, la propaganda política que la encubre con su discurso, que va desde la vulgaridad a la presunción.

Los acontecimientos de 2001 marcaron a gran parte de la sociedad argentina: le mostraron al mundo un rostro diferente, uno de asambleas populares, de fábricas recuperadas, de movimientos populares de base, y de políticos cobardes que no sólo abandonan sus cargos en helicópteros, sino que renuncian en pleno mandato, en repetidas ocasiones.

No obstante, ante el menor signo de normalidad, la plebe vuelve a sus aposentos cual ganado bien adiestrado. Adiós asambleas populares, adiós protestas, adiós autonomía, adiós a esos signos de naciente poder popular, de marginalidad constructiva. La dinastía kirchnerista absorbió las prácticas de poder popular y las convirtió en política gubernamental.

Las luchas populares, una vez más, traicionadas por el mismo pueblo.

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Si uno camina por las calles de nuestra ciudad, pareciera que en lugar de estar viviendo en Buenos Aires de 2011, se estuviese viviendo en un Moscú estalinista de 1935: carteles gigantescos con el rostro del líder, con exclamaciones de aliento como si le habláramos a un amigo (“¡Avanti Morocha!”)… cientos de afiches, graffiti, stencils, con imágenes del líder y mensajes alegóricos. El fanatismo con el que congregaciones de jóvenes militantes adulan a su líder cual la representación misma de la salvación es nefasto. Pero es más bien predecible que esto acontezca, dada la ideología que impregna a este movimiento pro oficialista. Sólo con nombrar la palabra peronismo, creo que se dice todo.

Nuestro descontento no se debe al simple hecho de creer que el cambio no está en las urnas, sino al hecho de contemplar el increíble vaciamiento ideológico del grueso de la sociedad, la inclinación por un conformismo despreciable, por la vulgar connivencia con la que se vende uno al mejor postor, por la reticencia a dejar en el pasado una ideología retrógrada y contradictoria, por la indiferencia y el libertinaje.

Esa complicidad roza lo absurdo —aunque se desarrolla dentro de cierta lógica, si uno lo observa desde la perspectiva de la demagogia. Una patología social cuyo único paliativo parecería ser la substitución, y la subsiguiente adulación, de una figura por otra, ad nauseam.

Pareciera que todo lo que se hace ha de llevar el nombre del líder, a modo de respeto, de reconocimiento, de memoria. Y nos preguntamos, ¿no sería, quizás, más respetable, más digno y humano, nombrar esas escuelas, esas calles, esos torneos de fútbol, y hasta quién sabe cuántas otras cosas más, con los nombres de aquellos luchadores sociales, de aquellos que dieron su vida por una sociedad más justa?

Creemos que debe existir una explicación sociológica, psicológica, para semejantes actos de egocentrismo. Como si tener al pueblo dividido en dos ya no fuera suficiente.

Lo que es preocupante es el fervor cuasi-futbolístico con el que se adula al líder. Y más preocupante aún, que ese fervor, esa ceguera fanática provenga de la juventud. La juventud, ese factor de cambio en toda sociedad, que barre con todo lo establecido. Pero la motivación de esta juventud militante no es barrer con lo establecido, sino tomar el poder para continuar con el ‘cambio’, o más bien perpetuarlo —sin cambiar nada.

Pero, ¿de que cambio hablamos? ¿Son la sumisión, la dependencia, un cambio? ¿Es la idolatría un cambio? Exigimos con un ¡Que se vayan todos! que se fueran todos, y lo hicieron, pero vinieron otros a hacer lo mismo. En realidad, los trajimos. Y han hecho lo mismo, pero con sutileza, jugando la carta ganadora, la que compra a las masas: el populismo.

En lugar de caminar hacia delante nos hundimos en un presente que no ofrece alternativas, porque se han encargado de aniquilarlas —porque no consideramos las opciones oficialistas como alternativas, sino como prolongación de este mismo estancamiento ideológico, de esta inercia paralizante que no deja lugar para la acción, para la autonomía, para la lucha popular necesaria para implementar cambios radicales en la sociedad; y ni hablemos de las ‘opciones’ de la oposición.

Nos horroriza la hipocresía de la sociedad argentina, y más aún, de aquellos sectores que tienen los medios y las razones para ponerse en pie de lucha intransigente, pero no lo hacen. Y no lo hacen porque han sido comprados, y porque no buscan el cambio radical, sino míseras ‘mejoras’.

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Vivimos una época en donde la deslegitimación del proceso político está cobrando ímpetu, donde las juventudes, los pueblos de muchísimos países se levantan contra este sistema capitalista, contra los políticos, los especuladores y las corporaciones; contra el ‘no futuro’ que vivimos.

No obstante, en nuestro país parece ser que, en lugar de aplicar las mismas prácticas, vamos en contra de estas mismas luchas. Porque, claro, aquí ya nos levantamos, aquí ya luchamos, y ya estamos conformes.

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Seguimos siendo víctimas de este sistema capitalista, del gobierno de turno; el consumismo se ha disparado, muy a pesar de los índices de inflación; el desempleo es humillante —las ofertas laborales, precarias y paupérrimas, con horarios de trabajo irrisorios, y sueldos indignantes. ¿Qué futuro nos espera?

Mejor dicho, ¿nos espera un futuro?

Dejemos los obsoletos estandartes de un pasado nefasto donde pertenecen, dejemos de idolatrar a un líder —líderes que nosotros mismos elegimos, verdugos a quienes les damos carta blanca para nuestra propia vivisección—, dejemos de conformarnos con las migajas de siempre, dejemos de mirar para otro lado por conveniencia. Dejemos de ser tan hipócritas como para no llamar las cosas por lo que son.

La libertad no está en las urnas, no está en discursos políticos, en promesas vacías, en billetes ni en bancos; no está en el individualismo ni en el libertinaje; no está en la bolsa de comercio, en acciones ni en multinacionales; no está en la conveniencia ni en la connivencia; ni en el repudio falluto, ni en las adulaciones hipócritas.

La función del gobierno es gobernar, controlar, mantener en sometimiento al pueblo, a usted, a todos nosotros —de cualquier forma posible. Divide y vencerás. ¿Acaso no está la sociedad argentina dividida? Dividida entre aquellos que comen del festín oficialista, y aquellos que se saborean por una tajada importante —y claro, el grueso de la gente, a quien se le hace agua la boca.

Y nos preguntamos, ¿y nuestra libertad? ¿Acaso no podemos elegir nuestro futuro, forjarlo según nos parezca, en lugar de que se nos impongan un puñado de ‘opciones’ que no nos dejan mayores alternativas que el sometimiento eterno, la humillación y el constante dilema del ‘mal menor’?

El populismo es un arma barata y eficiente, pero la ignorancia y la indiferencia lo son aún más.

Dejemos a los muertos en el cementerio, y luchemos por la vida que nos quieren arrebatar, con la determinación e intransigencia de los que luchan por la libertad.

Indigo, de Buenos Aires.-

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