¿Casi esclavos? Profesorado universitario, mundo académico y opresión

El mejor sistema de opresión es aquel que consigue que las personas oprimidas sean activas en su propia opresión. Obviamente, lo digo desde la perspectiva de quien construye y se nutre de este sistema. Una perspectiva que es la opuesta a la nuestra. A lo largo de la historia tenemos múltiples ejemplos de ello, desde muchos momentos del esclavismo y del feudalismo hasta numerosas situaciones actuales dentro de las relaciones económicas del trabajo asalariado capitalista. El análisis de estas situaciones muchas veces argumenta que la complicidad del explotado/a en su propia opresión es fruto de su desconocimiento de la realidad y de un supuesto bajo nivel formativo. Pues bien, en el ámbito académico, de la docencia universitaria y de la investigación de máximo nivel éste es un hecho habitual. Sucede en un espacio donde, supuestamente, todos tenemos un alto nivel de formación.

Intento explicarme. En el ámbito universitario y académico, también dentro de los centros de investigación, hay mucha precariedad. En las universidades, por poner un ejemplo, más del 60% del personal docente e investigador es precario: vive con contratos temporales, con más incertidumbres que garantías sobre el futuro y unos niveles salariales muy inferiores a una parte de sus "compañeros" estables. Si a este contexto se le añade una supuesta capacidad de análisis crítico que se presupone a alguien con formación universitaria, sería esperable que en las universidades hubiera constantes revueltas. Ya no por parte de los y sus estudiantes, sino de los trabajadores. Sin embargo, la realidad nos dice exactamente lo contrario. Los últimos años se ha consolidado un sistema cada vez más jerarquizado, más conservador y más refractario al cambio. Un sistema que cae como una losa muy pesada sobre quién día tras día hacemos funcionar las universidades pero que, a la vez, lo vemos como inevitable. Con muy pocas excepciones (aunque, cuando existen, a menudo sufren diversas formas más o menos descaradas de represión).

¿Cómo se explica esta ausencia de contestación? A lo largo de los últimos años o décadas en el ámbito académico se ha generalizado una perspectiva de "excelencia" basada en varios factores. Y que es la excusa para definir quién tiene lugar dentro de las universidades e instituciones de investigación. Uno de ellos es el éxito individual. Se trata de que como personas seamos capaces de vender nuestras "aportaciones" académicas como resultados de nuestro trabajo individual. Se olvida, así, que toda actividad de investigación es necesariamente fruto de procesos colectivos de acumulación y construcción social del conocimiento y que, por sí sola, no existiría. Se impone una especie de versión del self made man tant tópica de las perspectivas más simples de capitalismo más agresivo. Otro es la medida de este éxito, que cada vez se establece más de una manera cuantitativa y no tanto cualitativa y sobre la base del número de publicaciones en un grupo selecto de revistas. La gran mayoría de estas publicaciones son breves, trabajos con escasa capacidad para desarrollar argumentos ya que, de lo contrario, no se publican. Y también a menudo se aceptan o no en las revistas en función de si lo que dicen cuadra en los debates que marcan sus líneas editoriales. O sea, la mejor manera de publicar es repetir una ortodoxia y no osar salir de sus pautas. Hacerlo en trabajos breves, más técnicos que argumentativos y adaptados al cliché imperante de visión de la realidad. Huelga decir que en este contexto la socialización del conocimiento difícilmente se reconoce, excepto en los casos en que se produzca como un intercambio mercantil en el mundo de la empresa.

Esta perspectiva define la evaluación del personal docente e investigador de las universidades públicas que, una vez ha finalizado su tesis doctoral, ha de entrar en una carrera de obstáculos permanente para poder seguir sobreviviendo en el mundo académico. A menudo lo hará adaptando sus trabajos a lo que se espera que se diga para poderlos publicar. Y también redactando una innumerable cifra de solicitudes de becas y de proyectos que, para que puedan tener éxito, deben adaptarse de nuevo a lo que se quiere que se investigue que, en definitiva, termina siendo también aquello que se quiere que se diga. En este proceso, las personas que tienen suerte van cambiando de trabajo, de universidad o centro de investigación, de lugar de residencia, de compañeras y compañeros. Por el camino suelen dejar de lado su energía y su capacidad creativa para convertirse en simples reproductores de los discursos y las perspectivas imperantes en los mercados de las grandes revistas y de las agencias que resuelven sobre proyectos y evaluaciones. Se convierten en la bestia precaria perfecta: individualizada, minorizada, altamente vulnerable y dependiente de quien tiene la capacidad de decidir si tendrás trabajo o no, de decir cuando vales a través de diferentes agencias de calificación y de rankings. En definitiva, de si mereces seguir existiendo como investigador/a o, por el contrario, pasas a ser uno más de los que desaparecerán este año de la carrera universitaria. E imponen la expulsión del sistema como un fracaso individual, responsabilizando a la víctima de ser víctima.

Las universidades públicas están llenas de supervivientes. De supervivientes por semanas, meses y, los que tienen más suerte, por años. Personas que se sienten afortunadas por todavía continuar estando ahí y profundamente atemorizadas por si el próximo año podrán seguir diciendo lo mismo. Que intuyen que si no se dejan el pellejo en su trabajo, muchas veces renunciando a todo y aceptándolo todo, también ellos desaparecerán. E incluso sin tener la garantía de que si hacen lo que se espera de ellos y ellas podrán sobrevivir en el mundo académico.

Imaginémonos lo útil que para el Poder somos un profesorado universitario así. Con miedo a pensar y con miedo a desarrollar planteamientos críticos. Acabamos siendo la máquina perfecta de reproducción ideológica del capitalismo, tanto de cara al conjunto de la sociedad como en las últimas fases de la formación de muchas y muchos jóvenes. Más o menos como unos telepredicadores o tertulianos en hora punta, pero dentro de aulas universitarias.

Contra todo esto tenemos que luchar. Activamente. También estos 28 y 29 de noviembre. Y el resto del año, los diferentes años. Aparte de las huelgas, tendremos que ensuciarnos las manos en edificar un nuevo mundo académico y científico que, quiero pensar, muchos y muchas seguimos llevando en nuestros corazones.

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