Ser o no Ser anarquista

Hay una cosa de los anarquistas que me llama profundamente la atención: las ganas que tienen de  definir, qué es ser anarquista y qué es no serlo. Y los amargos lamentos que lanzan cuando alguien incumple los mandamientos, y se empeña en seguir siendo anarquista.

La cuestión es la siguiente: anarquistas de nombre organizado somos muy pocos, poquísimos. Y como encima hay gente empeñada en echar fuera del estrecho círculo a mientras más pecadores mejor, pues ahora mismo hay tres anarquistas que se acaban de ir aburridos de escuchar reproches.

Afortunadamente, están los anarquistas que no saben que lo son. Son millones de personas que no quieren mandar, y que no quieren obedecer, y que a lo largo del terrible siglo XX, cambiaron los planteamientos reaccionarios en torno a la cuestiones de género, etnia y derechos sociales. Ese anarquismo sociológico, infecta todas y cada una de las instituciones existentes. Contra él son impotentes estados, religiones, dineros, costumbres y naciones (las cinco grandes pestes).

Se sigue de ello que mientras que hay anarquistas que ponen tantos requerimientos para serlo, que apenas si lo son ellos y poco más, yo soy de los que no ponen ningún condicionante. El mío es un anarquismo grosero, abierto –por ejemplo–… A un cura que levanta la hostia, mira a la parroquia de través, y piensa en sus muy adentros… "Joder, menudo rollo".

En fin, con esta manera de pensar mía, tiendo a ser incoherente. No lo lamento. Me gusta la incoherencia. Alguna vez lo he dicho: eso de la coherencia, me parece una mierda, porque cada vez que alguien me ha recriminado que hago no sé qué que no debo, he comprobado que en realidad lo que estaba buscando era una excusa para que yo hiciese algo que no tenía ganas de hacer. 

Es más, los más coherentes son los primeros que reconocen que (¡oh, dolor!) "es imposible ser puro". Vamos, que se plantean una jodienda inalcanzable, y se consideran coherentes allí donde están cómodos. Muchos se conforman con no ser diputados o ministros, y en casa se comportan –un poner– como señores feudales. Es la versión libertaria de "la carne es débil". Pecan, se arrepienten, y p'alante. Y como no son diputados, pueden dictar sentencias ejemplares, y exigir a sus pobres víctimas que les escuchen (quiérase o no) en la asamblea soberana. Yo prefiero a alguien que incumpla de cuando en cuando, pero que sobre todo aporte algo positivo. Y en el otro extremo están los que critican al ghetto, pero te sueltan un discurso sobre la gentrificación, la resiliencia y el empoderamiento que tiembla el misterio. Lo acepto, eso es así.

Para mí anarquista es cualquiera que practique un anarquismo sencillito, sin pretensiones, de no mandar y de no obedecer. A veces mandará u obedecerá, no cabe duda, pero después, en algún momento, retoma la tendencia libertaria. Bien hecho.

Y voy al tercer choque identitario: la definición de la libertad. Para muchos anarquistas, la libertad no es hacer lo que uno quiere, si no llevar a cabo –tras profundas reflexiones– aquello que uno debe. Yo creo que no, y lo resumo diciendo que la libertad es hacer lo que a uno le da la gana. ¿O acaso la libertad es hacer aquello que uno no quiere hacer?

En resumen: reivindico la incoherencia, el anarquismo extenso, y hacer lo que me dé la gana. Esa es mi ideología. Porque para incoherencias, creencias y libertades que conducen a errores… Al menos que sean los propios de uno.

¿Que qué es entonces ser anarquista? Pues, simplemente, lo que tú quieras que sea (1).

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(1) Me parece. Puede complementarse esta película con ¿Cómo ser un buen anarquista?

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