#PrisonStrike: Un balance crítico de la huelga de presxs en EEUU

Picando los barrotes-  Las huelgas en cárceles de este otoño #PrisonStrike son un modelo de cómo sobrevivir y desafiar a un régimen racista y autoritario.
Por Dan Berger para Jacobin Magazine, 18/11/2016. Traducción Alasbarricadas.

Se estima que el 9 de septiembre de 2016 unas veinticuatro mil personas en las cárceles de doce estados de Norteamérica pusieron en marcha una huelga a escala nacional. El Movimiento Alabama Libre - Free Alabama Movement, la organización de presos que anunció la huelga durante la pasada primavera, hizo un llamamiento "a actuar contra la esclavitud en América". Haciendo énfasis en la Decimotercera enmienda de la Constitución de EE.UU., que permite la esclavitud "como castigo por un crimen", los organizadores se comprometieron a acabar con la esclavitud en 2016.

Incluso antes de que comenzase, los promotores la etiquetaron como la mayor huelga de presos de la historia de Estados Unidos. A fecha de hoy el alcance de la acción permanece confuso: la comunicación tiene limitaciones inherentes, y las prisiones por sistema, o no informan de las protestas o lo hacen de manera sesgada. Muchas cárceles tomaron medidas para prevenir las protestas antes del 9 de septiembre.

Los simpatizantes afirman que entre veinte mil y setenta mil personas han participado en la huelga, pero la exactitud de estas cifras es difícil de determinar. Después de dos meses,  el grueso de la huelga parece haberse disipado, pero algunas penitenciarias permanecen en alerta.

Números aparte, lo masivo de la acción muestra que un potente espíritu de resistencia ha sacudido de nuevo el panorama de las cárceles en América. Llevamos ya más de cinco años en los que responsables de las cárceles y de centros de detención de emigrantes están enfrentándose a perturbaciones constantes.

En diciembre de 2010, hubo una huelga laboral de los presos de Georgia a nivel del estado. Siete meses más tarde, los presos de California comenzaron la primera de tres huelgas de hambre en protesta contra los largos confinamientos en régimen de aislamiento. En el apogeo de estas movilizaciones, treinta mil presos de todo el Estado se unieron en favor de las cinco demandas de los líderes del colectivo.  La huelga consiguió un compromiso legal de eliminar el régimen de aislamiento prolongado para la mayor parte de los presos de California.  También llevo a un histórico acuerdo de unidad multirracial que privó al Estado de su más brutal estrategia de control: promover conflictos raciales entre presos. FAM se declaró en huelga en enero de 2014, continuada con un levantamiento mucho más caótico el pasado marzo.

Dibujo de Rashid Johnson desde la prisión Red Onion de Virginia,
en apoyo de la huelga de hambre en California (2011)

Aunque se refieren a condiciones locales, cada rebelión parece inspirar a otros presos para librar sus propias luchas. La huelga en marcha sirve como un paraguas bajo el que los presos pueden articular sus muchas preocupaciones sobre sus condiciones inmediatas.

Tiene su epicentro en el Sur, donde presos de Alabama, Carolina del Sur y Texas han reclamado el fin de la obligación de trabajar por cuatro perras o por nada.

En la cárcel Kinross, de Michigan, los presos empezaron por negarse a formar para dirigirse a los talleres. Cuando los carceleros les denegaron la comida, pusieron en marcha una protesta pacífica en el patio y desmontaron varias de las instalaciones. Sus reclamaciones tienen que ver no sólo con los escasos salarios, sino con la nula calidad de la comida y los cuidados médicos.

En el estado de Florida, donde se encuentra el tercer mayor sistema de prisiones del país, cuatrocientas personas causaron destrozos en varios dormitorios por rechazo a sus condiciones de vida miserables. Durante un periodo de cinco días tuvieron lugar actos similares en otras cuatro instalaciones del estado.

Cientos de presos de California llevaron a cabo una serie escalonada de huelgas de hambre y laborales para protestar por la masificación, el aislamiento y los castigos colectivos habituales que toman por objeto a presuntos miembros de bandas.

Chelsea Manning  comenzó una huelga de hambre de cinco días consiguiendo presionar con éxito a las autoridades de la cárcel para que permitiesen su operación de cambio de género.

Todas estas victorias han tenido un coste. Dos presos han muerto durante la huelga: una persona se suicidó mientras se encontraba en una celda de aislamiento de la cárcel de Holman (Alabama), y un preso de Kinross falleció por negligencia médica.

A causa del muy generalizado uso que la cárcel hace del castigo colectivo, está por recopilar toda la información sobre las represalias Pero las pruebas con que contamos sugieren que las autoridades carcelarias no han dado precisamente manga ancha a los presos en rebeldía.

Tanto la cárcel de Holman como la de Kinross han reprimido la actividad de los huelguistas con la fuerza. Otros activistas han tenido que afrontar traslados disciplinarios y aislamientos a causa de su participación en la huelga. El toque de queda generalizado en las prisiones -en algunos casos preventivamente- han hecho aún más precarias la atención médica y la de otros programas insuficientes.

Incluso algunas instalaciones donde no ha habido actividad huelguística han tomado medidas contra presos políticamente activos: en Attica, el antiguo Pantera Negra Jalil Muntaqim, que lleva cumplidos cuarenta años de condena, ha sido puesto en aislamiento y expedientado por escribir una carta sobre una posible protesta el próximo verano.

Algunas reacciones han tomado formas más abstractas. Responsables de cárceles en Ohio, Carolina del Sur, Virginia y Texas han negado que la huelga tuviera lugar, contradiciendo los testimonios de los presos. Parte de la lucha consiste en superar las serias barreras a la comunicación y la trasparencia que caen sobre los encarcelados. Los presos disidentes han tenido que usar todos los medios disponibles para organizarse. En la actual ola de huelgas, por ejemplo, los presos han utilizado clandestinamente teléfonos móviles y redes sociales, junto a medios impresos, para la comunicación entre distintas cárceles.


(Viñeta de Natalie Goldstein para Daily Titan)
 

Afortunadamente, algunos periodistas del exterior han prestado atención a la huelga. Aunque hay quien ha criticado el "bloqueo mediático", los principales medios fueron cubriendo la huelga conforme tenía lugar. Aún así, queda un largo camino hasta el acceso seguro de los periodistas a las cárceles y la protección como fuentes de los presos y activistas  -sea para esta huelga o para la siguiente.
 

Una historia ingobernable

Los huelguistas de hoy conscientemente se consideran continuadores de la ola de huelgas en cárceles de los setenta. De hecho, FAM eligió intencionadamente comenzar la huelga de estos días el 9 de septiembre como homenaje al cuarenta y cinco aniversario del levantamiento de Attica, la más famosa rebelión de presos de nuestra era y que desencadenó levantamientos en cárceles de todo el país.

Ese día de 1971, un encontronazo entre presos y guardianes en la prisión estatal de Nueva York desembocó en cuatro días de dramática rebelión que vio cómo, desde el liderazgo de la población reclusa negra, un grupo de 1.300 presos articularon una amplia visión de la justicia social en los confines de la máxima seguridad. Con todo, fue la brutalidad policial lo que grabó definitivamente Attica en la conciencia colectiva. Los escuadrones asesinaron a treinta y nueve presos y diez rehenes, y dispararon sobre otros cien. Después obligaron a los supervivientes a desnudarse, arrastrarse por el barro y afrontar días, meses y años de tortura.

La revuelta de Attica fue parte integrante de un movimiento en las cárceles de toda la nación. Como la huelga de hoy, siguió la pista de levantamientos previos. Varios de los líderes de esos cuatro días se habían unido a una serie escalonada de huelgas en el estado de Nueva York durante los meses anteriores. Otros habían dirigido una rebelión en la prisión de Auburn antes de ser trasladados a Attica, la cárcel más severa del estado.

Los orígenes de esta revuelta venían de más allá de Nueva York. El 21 de agosto de 1971, varios prisioneros se unieron en Attica a una convocatoria nacional de luto silencioso por el asesinato del militante preso y escritor de éxito público George Jackson, cuyo libro epistolar 'Soledad Brother' puso palabras a la agitación que recorría las cárceles de Estados Unidos. Jackson fue tiroteado durante el sanguinario asalto a la unidad de aislamiento en la que él y otros veintiséis presos se hallaban recluidos. Una vez derrotada la revuelta, los guardias les obligaron a desnudarse, los torturaron y mantuvieron incomunicados durante días enteros. Las mismas estrategias se usaron en Attica y en todo el país.

Orientados por el Poder Negro y otros movimientos radicales, muchos presos americanos de finales de los 60 describieron la cárcel como la expresión concentrada de la opresión racial y económica que daba forma al conjunto de los Estados Unidos.

Que ese nacionalismo revolucionario y socialismo antirracista pudiera encontrar apoyo en prisión no es algo que, echando la vista atrás, deba sorprender. Muchos líderes y miembros de organizaciones como la Nación del Islam y el Partido Pantera Negra habían sido encarcelados en reformatorios o durante su juventud. La gente joven involucrada en el Comité de Coordinación de Estudiantes No-violentos, Estudiantes por una Sociedad Democrática y otros grupos de izquierda sufrieron arrestos, cuando no cárcel, por desafiar la segregación racial, oponerse a la guerra de Vietnam, travestirse en público, tener un aborto, resistir contra la violencia sexual o dar cualquier otro paso hacia el cambio social. El fantasma del encarcelamiento, el arresto y la tortura acompañaban al activismo político durante todo ese período.

Como las acciones de hoy, el movimiento de los 70 en las cárceles tenía una perspectiva global y un alcance local. Las campañas de apoyo a activistas presos o a las mujeres perseguidas por ejercer la autodefensa frente a la violencia masculina reclutaban a izquierdistas con una profunda crítica al sistema carcelario, mientras las condiciones locales moldeaban las batallas particulares.

Por ejemplo, en California, Illinois y Nueva York, la combinación de movimientos muy radicales y población reclusa fundamentalmente negra hacían del activismo en las cárceles una parte fundamental de la protesta por la justicia social tanto tras los muros como en la calle. En Texas el motivo fueron los asaltos que presos negros y latinos sufrían a manos de un puñado de presos blancos que hacían de supervisores institucionales en las plantaciones de la prisión estatal. Y en Maine la práctica totalidad de la población blanca encarcelada afrontó censura y represalias políticas por organizarse.

Una revuelta significativa, aunque poco conocida, tuvo lugar en el mismo lugar en el que FAM se está organizando en la actualidad. En la primavera de 1972, alrededor de 1.200 personas se pusieron en huelga durante cuatro días en la granja-prisión de Atmore, en Alabama. Habían planeado esperar hasta octubre, cuando tenían que recolectar la caña de azúcar. Pero las palizas cotidianas, los asaltos racistas y las condiciones de miseria -se les negaban incluso cubiertos en la mesa- adelantaron la protesta. La cárcel respondió con la transferencia de cientos de personas a otros recintos, pero los que quedaban insistieron. Los presos acabaron formando Internos en Acción, que continuó impulsando el cambio durante la siguiente década.

Los violentos levantamientos de los 70s evolucionaron hacia batallas legales en los ochenta por ampliar las garantías jurídicas otorgadas a las personas presos. Pero desde la aprobación de la Ley por la Reforma de los Litigios Penitenciarios en 1996, los presos han visto seriamente limitada su capacidad para intervenir judicialmente.

Al mismo tiempo, la encarcelación masiva y el aumento de la seguridad de las prisiones ha obstaculizado la capacidad de los presos para organizarse de forma militante. Los funcionarios ponen límites a las oportunidades de organizarse tras los muros a la vez que suprimen los contactos con los movimientos de la calle. Al igual que la represión policial y el acoso a las organizaciones minaron el activismo social fuera de la calle, la expansión del régimen de aislamiento y el surgimiento de prisiones de máxima seguridad diezman el radicalismo en las cárceles.

Entre los 80 y los 90 los ingresos en prisión alcanzan cifras sin precedentes, todos ellos provenientes de zonas asoladas por las políticas conservadoras.


"Honremos a nuestros muertos y luchemos endemoniadamente por los vivos:
libertad para la trans de color CeCe McDonald, en una prisión masculina por ejercer la autodefensa"

A pesar de décadas de restauración conservadora, un nuevo movimiento en prisiones está tomando forma. Sanyika Shakur, Chelsea Manning, Melvin Ray, CeCe McDonald y otros están escribiendo sobre sus experiencias con la violencia de Estado, difundiendo sus visiones y estrategias a otros presos y activistas. Cada nuevo ciclo de luchas produce nuevos lugares de lucha.

A mayores, la reciente ola de rebeliones en prisión ha estimulado comunicación productiva entre los activistas de dentro y de fuera de la cárcel. La huelga de hambre en las cárceles de California empezó a la vez que Occupy Wall Street y algunos de los huelguistas hicieron propuestas al movimiento.  Esta conciencia política se extiende más en la medida en que la gente se desplaza entre la prisión y sus comunidades de origen.
 

Una huelga por la liberación

FAM y sus apoyos en el Comité para la Organización de los Trabajadores Encarcelados - Incarcerated Workers Organizing Committe -un proyecto de Industrial Workers of the World- han descrito las protestas que comenzaron este nueve de septiembre como una huelga laboral. La cárcel es ciertamente un taller, pero no sólo es eso - y quizás no lo es principalmente.

Las cárceles funcionan más como ámbitos de desocupación que como factorías. La desindustrialización y la reestructuración neoliberal ha puesto a millones de personas fuera de la economía formal. Un gran porcentaje termina en prisión.


Salir de la escuela pública sin recursos económicos
para entrar en el complejo industrial-carcelario.

Una vez entre rejas, más de la mitad de estas personas no realiza ningún trabajo productivo. De las 2,3 millones de personas encarceladas en Estados Unidos se supone que sólo trabajan 900.000, la mayoría para el estado. Su sueldo, cuando lo tienen, es calderilla. El trabajo forzado  resulta especialmente brutal en las cárceles del Sur. Pero el hecho es que la mayoría de los presos no trabaja, y eso que muchos preferirían trabajo seguro y bien remunerado que la condena estructural al aburrimiento en el que consiste la vida en la cárcel.

Los organizadores han presentado las acciones de huelga como protestas contra "la esclavitud en prisión". Aquí la comparación es adecuada. Es la cautividad, no el trabajo, lo que define a las cárceles y a la esclavitud. Ambas instituciones recluyen físicamente a las personas y controlan y prohíben sus movimientos, comunicaciones y actividades políticas. Pero la esclavitud es, en el fondo, un régimen laboral que no puede funcionar sin cautivos. Como indicó W. E. B. Du Bois, la huelga general de esclavos dio la victoria al Norte en la Guerra Civil Americana.

No puede decirse lo mismo de las cárceles. El Estado usa la encarcelación de masas para incapacitar a personas que no pueden participar en la economía. Aunque algunas instituciones obliguen a los presos a trabajar, el trabajo impagado no explica por qué se experimenta un crecimiento de la población presa en las cuatro últimas décadas- Las primeras prisiones fueron construidas para tratar con trabajadores revoltosos; han crecido para eliminar a los trabajadores presuntamente superfluos.


Tomadas de la página web de IWOC

Esto pone a los activistas en prisión ante un desafío. La huelga que estamos viviendo tiene un impacto material, pero no hay pruebas de que parar de trabajar pueda derribar un sistema basado en la represión, no en la producción. Es más, un aparato de seguridad enorme -muros de cemento, alambre de espino, guardianes armados hasta los dientes- se interpone entre los presos y la libertad. Ellos no pueden emprender un éxodo masivo que ponga fin a la esclavitud.

Haciendo uso de un marco de malestar laboral, las recientes huelgas en las cárceles han expresado la furia de sus participantes ante el cautiverio. Están unidos por su negativa a respetar el régimen vigente. Exigen no sólo un régimen de trabajo justo y equitativo, sino también una vida vivible. El activismo de los presos ha puesto de relieve siempre las condiciones inhumanas no sólo en la cárcel, sino en la sociedad como tal.

Pero hay un abismo entre la indignación por las condiciones carcelarias y un programa político que consiga acabar con ellas. La historia de la organización en las cárceles -hasta la huelga de este otoño, incluida ella misma- pone sobre la mesa la necesidad de una infraestructura fuerte que pueda amplificar las peticiones de los presos, aplicar presión pública para proteger a las personas encarceladas, recaudar fondos con los que contratar a buenos abogados que  afronten juicios que pueden durar años y apoyar el liderazgo de las personas ahora presas y de los exconvictos y de sus familiares y amigos, siempre articulando el papel central que juega el encarcelamiento en la desigualdad en América.

En Estados Unidos las cárceles suelen ser precursoras del cambio social. La severidad del racismo y de la austeridad a la que se enfrentan hoy los huelguistas amenaza con ser más general bajo Donald Trump. Si bien la huelga se ha concentrado en las cárceles de titularidad de los distintos estados -donde se encuentra la mayoría de presos- el gobierno federal marca el tono de toda la orquesta. Es probable que el encarcelamiento desempeñe un papel importante en el intento de Trump por revivir un paradigma de ley y orden. Ya se ha rodeado de fiscales de carrera que exacerbaron el encarcelamiento masivo.

La huelga ha de servir para más que recordarnos la existencia de represión de masas. Estos presos inconformistas han desarrollado estrategias con las que sobrevivir a regímenes autoritarios, y con las que desafiarlos. Contra el aislamiento y la brutalidad, la lucha de raíz en las cárceles combina campañas defensivas para sobrevivir, coaliciones de apoyo con una base amplia, y acciones valientes con las que impulsar enfoques alternativos.

Esta tarea requiere de tiempo, de recursos y de una planificación cuidadosa. Pero en el equilibro entre enfrentarse a la violencia del Estado y cultivar el apoyo mutuo yace el potencial para expandir movimientos de izquierda capaces de conseguir cambios significativos.

 

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Dan Berger es profesor de Estudios Étnicos Comparados en la universidad de Washington Bottel y autor del libro Captive nation: black prison organizing in the civil rights era (Nación cautiva: organización negra de presos en la era de los derechos civiles)

Especial: 
Huelga de presos/as en EEUU
Enlaces relacionados / Fuente: 
https://www.jacobinmag.com/2016/11/prison-strike-slavery-attica-racism-incarceration/
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