Embat. Análisis de Coyuntura 2016 para el Encuentro Libertario «Apuesta Directa»

Embat, Organización Libertaria de Catalunya.

 

Introducción

En primeros años del siglo XXI se nos está sometiendo a una gran presión tanto al planeta com a personas que habitamos en él. En algunos momentos da la sensación de que la sociedad está siguiendo un camino que lleva directamente hacia el colapso de muy diversas formas. Colapso ecológico, colapso alimentario, colapso económico y también colapso social.

En Europa los atentados de París y Bruselas nos hablan de una sociedad rota, polarizada cada día más entre extremistas islamistas y una extrema derecha en pleno auge ante la falta de reacción de las izquierdas frente a los grandes problemas que aquejan nuestro mundo.

En el mundo la economía está en situación de recesión, que viene provocada por una doble crisis económico-financiera y energética que se van retroalimentando. Estas sucesivas crisis provocan consecuencias sociales y ecológicas. Además la depredación planetaria llega ya a su punto culminante en cuanto a la utilización de los suelos, del agua, la desforestación, la utilización masiva de los recursos y eventualmente al cambio del clima planetario.

Otro punto de análisis es el impacto de la política exterior de Estados Unidos en la política internacional europea. Al tener una clara sumisión a ésta Europa está asumiendo graves problemas como fue su enfrentamiento económico con Rusia o la actual crisis de los refugiados.

El objeto de este análisis es demostrar que las únicas soluciones para evitar la gran amenaza que se cierne sobre nuestras vidas pasan por atacar la raíz de los problemas, que no son otras que el capitalismo y el imperialismo. La causa última de nuestros problemas contemporáneos radica en la forma en cómo se han construido nuestras sociedades.

 

Cómo se ha construido la nueva Europa

La Europa de nuestro tiempo es producto de una larga construcción social que comenzó en los años 50, en plena época de la Guerra Fría. En aquellos años se forjaron las bases y los reglamentos por los que se regirían los países del Mercado Común europeo, que fue la fórmula por la que los estados enemistados en la Segunda Guerra Mundial (Alemania y Francia) comenzarían a colaborar.

Pero aquella Europa no era más que una alianza entre países productores de mercancías, bienes y servicios. Era la Europa de los mercaderes. Evidentemente en el mundo de los grandes bloques de la Guerra Fría se necesitaba tener un peso propio para poder ser tenido en cuenta. Europa vivía entonces sometida a la política imperialista de los Estados Unidos que luchaba contra el otro gran imperialismo, el de la Unión Soviética, que tenía sometida a la otra mitad del Continente.

La Europa de nuestros días es sobre todo un producto del liberalismo económico. Para ser precisos, del neoliberalismo. No se entiende la actual Unión Europea sin la imparable ofensiva neoliberal de los años 70 y 80 además de por formar parte del bloque geopolítico liderado por Estados Unidos.

Contextualizando esta ofensiva neoliberal, calificada por algunos de «revolución», y por otros de «contrarrevolución», deberíamos comprender la situación. Los Estados Unidos estaban combatiendo en Vietnam. Al resistir aquel pueblo durante tantos años a las tropas norteamericanas, Estados Unidos se sobre-endeudó tremendamente y para pagar la guerra imprimió muchos dólares. Como consecuencia la inflación creció en todo el bloque Occidental (dado que sus monedas estaban ligadas de una forma u otra al dólar).

Además surgió un nuevo problema. En 1973 Arabia Saudí y otros países árabes del Golfo Pérsico decidieron subir el precio de los carburantes de manera unilateral. Este aumento de los precios de los combustibles golpeó de lleno la economía mundial. Es lo que se conoció como la crisis del petróleo.

Por último, para caracterizar la época, los años 60 abrieron en todo el mundo una puerta de esperanza a cambios revolucionarios. La generación nacida en la postguerra mundial llegaba a la madurez y lo hacía de forma ruidosa. Animada por la revolución cubana, las guerrillas latinoamericanas, la descolonización de los países africanos (algunos de los cuales produjeron procesos revolucionarios), la lucha del pueblo palestino, la Revolución Cultural China y sobretodo la guerra de Vietnam (donde el pez pequeño se estaba comiendo al grande), aquella generación se vió impulsada a asaltar los cielos.

Se ha calificado a aquella época que va aproximadamente desde 1965 a 1980 (y en especial desde 1968 a 1977) como el «gran asalto» o como la «segunda oleada proletaria». El caso es que Europa vivió un auge de las ideas revolucionarias de izquierdas y por todo el Continente se vivieron grandes luchas obreras y juveniles. De todos es conocido el Mayo del 68 de Francia o la Primavera de Praga. La Revolución de los Claveles portuguesa o el 77 italiano marcaron también la época donde parecía que se podía conseguir una transformación social profunda.

Pero inevitablemente al igual que en muchos otros procesos cuando no se gana, se pierde. Los poderes fácticos (y los no fácticos también) conspiraron y actuaron de forma decidida para mantener el control de la situación. Si en latinoamérica recurrieron a los golpes de estado y al exterminio físico de la izquierda en Europa fueron un poco más sutiles y recurrieron por un lado a los servicios secretos y por otro al fantasma de la extrema derecha. El capitalismo logró sobreponerse tanto a la crisis como a la oleada revolucionaria de izquierdas y a la aparición de los movimientos de liberación nacional.

Pero lo que contribuyó más decisivamente a la derrota aquellos movimientos revolucionarios no fue otra cosa que la negativa de la izquierda a apostar por el socialismo. Ésto fue lo que permitió el apuntalamientio del capitalismo. Tampoco la Unión Soviética movió un dedo por atraerse ningún nuevo país en Europa. Se encontraba cómoda en la política de bloques. O cómoda o atemorizada por la amenaza de los Estados Unidos de desencadenar una guerra atómica. En resumidas cuentas, de esta reacción tan «responsable» de las izquierdas europeas tomó buena nota la derecha, que a finales de la década de los 70 inició su propio «gran asalto».

Las crisis económicas del 73 y del 79 (producida por la revolución islámica en Irán) produjeron en Europa occidental un aumento considerable del paro. En contra de los agoreros que anunciaban que el paro era un peligro para la seguridad pública y que constituían un «ejército» proletario en potencia, el paro masivo lo que producía era pánico auténtico en las familias obreras. Tener un millón de parados garantizaba que por lo menos otro millón de personas viviera aterrorizada por perder su empleo.

El ascenso al poder de Margaret Thatcher en Gran Bretaña y de Ronald Reagan en Estados Unidos cambió el mundo para siempre. Se encontraron con una izquierda desarmada, dividida, sin capacidad de reacción. Y ambos líderes encabezaron el mayor asalto de la historia contra las condiciones de vida de la clase trabajadora. Sus medidas se basaban en la liberalización de la economía, en el desmantelamiento de la industria y su traslado a Asia, en la terciarización y en definitiva en la destrucción del poder sindical. Los mantras repetidos hasta la saciedad eran flexibilidad laboral, bajada de impuestos, el fomento de la clase media, ganar competitividad y privatizar el sector público.

Los sindicatos británicos habían ganado una batalla en 1974 derrotando al gobierno conservador de Heath. Thatcher devolvió el golpe nada más ganar las elecciones en el 79 y en 1984 los derrotó definitivamente en la huelga de la minería. No estamos hablando de sindicatos que desearan una revolución social, sino de sindicatos afines al laborismo que querían una economía orientada a garantizar el bienestar de la mayoría de la población. Pero esto parecía inasumible por las élites.

La oleada conservadora se extendió en los años 80 por toda Europa Occidental. Incluso la socialdemocracia en el poder (François Miterrand, Felipe González) la fue adoptando como propia. Era el signo de los tiempos. Cuando en 1989 cayó el Muro de Berlín y más tarde la propia Unión Soviética se desintegró parecía una señal divina de que el único camino a seguir era el liberalismo salvaje.

Evidentemente la Unión Europea se forjó bajo estos parámetros. Se fomentó el libre flujo de capitales, el crédito fácil y también (como medida positiva) el libre tránsito de personas en la Unión. El colofón a este proceso fue el nacimiento del Euro, la moneda europea transnacional.

En definitiva, toda esta situación provocó un gran cambio de la vida de las poblaciones y barriadas obreras de Europa. El paro masivo a causa de la destrucción de la industria provocó una crisis de identidad en la clase obrera. La fábrica, el astillero o la mina era la seña de identidad de muchas ciudades y pueblos. Su cierre provocó el desánimo y la falta de perspectivas. Así creció una nueva clase que vivía de subsidios, de ayudas gubernamentales o que vivían de la economía sumergida, ya que el sector servicios (basado en los trabajos temporales) que venía a sustituir esos empleos que se eliminaban tras el cierre de las principales empresas (empleo estable y seguro, muy sindicalizado y como consecuencia bien pagado) era incapaz de asumir toda la fuerza laboral sobrante. Así proliferaron las drogas, las depresiones y una población que vivió a partir de entonces en la pasividad y el desánimo.
 

La consecuencia de todo este largo proceso ha sido la destrucción de los vínculos comunitarios que había creado la clase obrera a lo largo del siglo anterior. La huída de la burguesía del centro de las ciudades para instalarse en urbanizaciones periféricas y la droga y la marginalidad dejó esas zonas vacías y degradadas. Y también envejecidas. El envejecimiento de la población no es causa del liberalismo sino de un reajuste social debido a que la generación del «baby-boom» (de la gran expansión demográfica de los años 50 y 60) llegó a la madurez y no quiso ni pudo seguir los pasos de sus padres. Sus familias eran más pequeñas, a menudo unipersonales. La aparición de la píldora abortiva, los anticonceptivos y de los primeros casos de aborto provocado legal produjeron un control de la natalidad que ayudó a tener familias más pequeñas. Pero también ayudó a envejecer la sociedad europea que poco a poco iba invirtiéndo la pirámide de población. La única manera de revertir esta tendencia fue a través de la inmigración de trabajadores extranjeros y de sus familias, más prolíficas que las europeas.

Pero esta llegada masiva de personas de otros orígenes culturales irremediablemente iba a afectar la composición social de los barrios obreros, puesto que se instalaban allí. En algunos países como Francia los inmigrantes fueron colocados en barrios-ghetto. En otros se evitó esta situación emplazándolos en los barrios obreros o de la clase media. De todas formas la izquierda tradicional se dedicó a intentar que esta nueva población se integrara en las sociedades occidentales a través de la política social del multiculturalismo, integrando la cultura foránea en la nuestra y creando una cultura nueva producto de las fusiones, cosa que en realidad no fue una mala idea.

La parte negativa es que ante la aparición de este multiculturalismo se estaba produciendo de forma paralela una humillación o degradación mediática de la clase trabajadora local. Se la presentaba como una población de borrachos, pandilleros, violentos, vagos y aprovechados del estado del bienestar. Se ignoraba a propósito que si vivían en parte de los subsidios era porque se había desindustrializado el país. Además se presentaban casos excepcionales de comportamiento antisocial como si fueran la norma entre la juventud obrera (desde las subculturas kinkis a la de los canis, pasando por la ruta del Bakalao, el tunning al reggaeton... Los programas de TV que sacan lo peor de las personas de clase trabajadora caricaturizándola y humillándola proliferaron Gran Hermano, Aida, Hermano Mayor, Gandia Shore...). El proceso era culpabilizar al individuo de sus propias condiciones vitales. Y por otro lado encumbrar a los «emprendedores», los nuevos triunfadores de la sociedad. Se estaba provocando el hecho de que nadie quisiera formar parte de una clase obrera que se equiparaba a pobre, a antisocial y a marginal. A partir de entonces la mayoría de la población se consideraba de clase media, aunque estuviera trabajando en una obra.

Y se alababa el hecho de que la inmigración que trabajaba más duro que la población local. Era el discurso de los capitalistas explotadores locales que utilizaban la mano de obra inmigrada para reducir los derechos laborales o directamente para saltarse las regulaciones laborales. Son este tipo de agravios comparativos los que producen un resentimiento latente en la sociedad.

Es decir, que se derrota a la clase obrera en los 80, en los 90 se minan definitivamente sus derechos, esto provoca una destrucción de los vínculos comunitarios (sindicatos, asociaciones, vida en la calle...), cosa a la que ayudaba también la promoción del individualismo que machaconamente se promovía en los medios de comunicación y en la cultura popular. En los 2000 llega una inmigración masiva que algunos capitalistas veían como una bendición necesaria.

Otra cuestión a tener en cuenta son los procesos de gentrificación. Una vez que los barrios estaban totalmente degradados se iban reconstruyendo con otras bases. Se creaba un centro cultural o un edificio emblemático. Se introducía el turismo en el barrio, y con él los hoteles. O bien se ponía de moda el barrio por sus alquileres baratos entre la gente joven y alternativa y más tarde entraba el turismo de masas. El caso es que muchos barrios obreros del centro de las ciudades se vieron afectados por estos procesos que ante el encarecimiento de las viviendas produjeron la expulsión de muchas familias de clase obrera.

El tema del turismo es especialmente interesante. Se produce a partir de la explotación del sentimiento de pertenencia a la clase media. Como tal, una persona tiene derecho a viajar. Y con la aparición de los viajes low-cost las masas de turistas llegaron a las ciudades cuando antes solo iban a las playas. El turismo ha cambiado la fisonomía de muchas ciudades, y con él también se ha precarizado mucho el empleo, ya que se trata sobretodo de trabajo temporal en los meses de verano.
 

Y a todo esto, ¿qué hacía la izquierda?

Se dice que la mayor victoria de las derechas ha sido que la izquierda socialdemócrata y laborista europea ha adoptado la ideología neoliberal. Sin una base obrera a la que hacer caso (porque las políticas de la derecha la habían destruido) los partidos de izquierdas, en manos de personas de clase media burguesa, se echaron en brazos del neoliberalismo. Esto fue terrible para las clases populares, puesto que estos partidos continuaron realizando la misma política que atacaba los intereses de los de abajo pero con una retórica y un discurso de izquierdas. Esto, por supuesto, ha hecho perder la fe en el cambio social a millones de personas. Solo que en vez de poder ser canalizado por las opciones revolucionarias no ha sido canalizado por nadie. Los sindicatos han perdido millones de afiliados en toda Europa. Pero esos millones no se han organizado en ninguna otra parte. La izquierda revolucionaria no ha conseguido ocupar el hueco que ha dejado el desencanto. Gran parte de la clase obrera queda a su suerte, resignada y muy hostil a todo lo que tenga que ver con la vieja izquierda e incluso con sus valores.

La izquierda burguesa ha pecado de soberbia (siempre adoctrinando a sus bases, infantilizándolas, además de traicionándolas y mintiendolas sin rubor alguno), sectarismo (más pendiente de apuñalar las demás opciones de la otra izquierda que de buscar soluciones a los problemas de la gente), estética (lenguaje estético de izquierdas que no tenía nada que ver con la realidad de la gente de abajo) e ingenuidad (entendiendo la realidad de manera supérflua, sin asumir el mundo en el que vivimos), entre otras razones. Se resume muy bien en el artículo de Xavier Díez, de «Els set pecats capitals de les esquerres» [http://www.elcritic.cat/blogs/sentitcritic/2015/06/26/els-set-pecats-capitals-de-les-esquerres/]. Pero sobretodo la izquierda se ha identificado con el proyecto histórico de la derecha. Repitamos que este es el mayor de todos sus pecados.

La izquierda es furibundamente pro-sistema. Está a favor de la Unión Europea, que es el «garante» de las libertades y de nuestra riqueza. Eso dicen. Pero ha propiciado que la derecha apuntale su poder y que sean estos años de la crisis los que más millonarios hay en la historia, los años de las ganancias récord para las grandes empresas y la banca. Los años de las ayudas a la banca con dinero público porque «eran demasiado grandes para caer».

Donde ha gobernado la izquierda no han controlado el poder, ese poder oculto que tiene la burguesía. Y cuando ha intentado cambiar las cosas no ha podido. La derecha que controla los medios de comunicación la ha hundido despiadadamente. Se la presenta como blanda ante problemáticas que magnifican los medios como la seguridad, la inmigración, la política exterior, la corrupción... Se crean crisis internas de la nada azuzadas por los medios también... En definitiva, hacen que la izquierda esté más pendiente de quedar bien que de gobernar para sus votantes. Y lo que provocan son medidas más basadas en los derechos civiles (ley de dependencia, matrimonio «gay», aborto) que en los derechos sociales que afectan a las mayorías.

También debemos reconocer que la izquierda libertaria no ha sabido sacar la cabeza allá donde se la necesitaba. Estábamos demasiado ocupadas en la contracultura y en el ghetto autorreferencial. El activismo por el activismo ayuda a no entender los problemas de la gente trabajadora y nos alejan de ella. Saltamos de una campaña a otra. Inabarcables, los problemas del mundo son demasiados para tan poca gente que somos.

Hoy en día nos sorprende y nos alegra cómo funciona la Comunidad de la Esperanza de Canarias, el barrio okupado de Errekalor Bizirik en Vitoria o los 42 bloques okupados de la Obra Social de la PAH. Todos estos proyectos tienen en común que están llevados a cabo por gente corriente, que sufre y que lucha y que tienen una cobertura y apoyo de la izquierda revolucionaria o alternativa o libertaria.

Pero nos faltan miles de estos ejemplos por toda Europa para poder algún día ser una opción realista. Y nos falta que sigamos con el sindicalismo alternativo, llevando los sindicatos a los barrios obreros y a la comunidad, que podamos organizar el precariado, que organicemos a la juventud obrera, a la mujer de clase trabajadora despreciada por todos, la conquista de nuevos espacios de socialización popular en los barrios... Por que el objetivo tiene que ser el de organizar a las clases populares y trabajadoras. No podemos alejarnos de eso.
 

La crisis en la que nos ha metido el imperialismo

Desde el inicio de la Guerra Fría la política exterior europea ha estado sometida a los intereses de Estados Unidos, que en aquellos años ocupaba militarmente media Europa a través de una red de bases militares. Los ejércitos de la OTAN garantizaban que los países de Europa occidental quedarían libres de la amenaza soviética. Ante esta amenaza superior cualquier acción quedaba disculpada. El ejemplo más claro es el apoyo tácito de Estados Unidos al régimen franquista, a sabiendas de que se trataba de una dictadura sanguinaria. Ese tipo de apoyo a regímenes dictatoriales se ha repetido a lo largo de las décadas en los cinco continentes.

No hay que mirar muy lejos para encontrar este tipo de políticas en nuestro tiempo ya que tenemos a nuestro país vecino, Marruecos, como ejemplo claro de régimen afín a los intereses de Estados Unidos. Otros casos escandalosos son Arabia Saudí, Turquía o Israel.

El fin de la Guerra Fría supuso la victoria moral del modelo capitalista que defendía Estados Unidos y sus aliados europeos. Al no tener enfrente un bloque socialista (con todos sus evidentes defectos que lo llevaron al colapso), el neoliberalismo se veía libre de manos para actuar a su antojo. Es lo que se conoció como el «fin de la historia», concepto de Francis Fukuyama en el que se daba a entender el triunfo definitivo del capitalismo en la historia humana. A partir de entonces se desarrollaron planes para crear grandes mercados de «libre» comercio, sin aranceles, que aún desprotegían más las economías locales. La globalización a finales del siglo XX fue un hecho. Su garante eran los tratados de libre comercio a nivel mundial y, por supuesto, las armas de la OTAN. Y quien no entraba en ese juego era sencillamente destruido, como fue el caso de Serbia.

Esta política de impunidad total se desarrolló en la primera década del siglo XXI. El ataque yihadista del 11S de 2001 contra Estados Unidos fue la excusa perfecta para desarrollar una política militar muy agresiva por su parte. Las invasiones de Afganistán y de Irak reafirmaron la fuerza norteamericana. Y además ayudaron a extender por el Cáucaso y Asia Central el poderío atlantista/neoliberal. No dudaron en derrocar regímenes (poco o nada democráticos, por cierto) empleando la táctica de las «revoluciones de colores» que eran procesos de protestas callejeras utilizadas políticamente para hacer caer los gobiernos.

La crisis internacional de 2007-8 desencadenó graves problemas económicos en muchas naciones, y entonces fue relativamente fácil impulsar procesos populares de desestabilización de los gobiernos hostiles o no colaboradores. Este es en parte el origen de la primavera árabe de 2011, que provocó la caída de los gobiernos de Egipto, Túnez y luego las guerras de Libia, Siria y Yemen, que han sumido en un fuerte caos toda la región.

A grandes rasgos, la amenaza que Estados Unidos quiso derrotar con su invasión de Afganistán ha crecido enormemente en el último decenio gracias a su propia actuación para eliminarla. Ahora es una fuerza global. El yihadismo ha ganado adeptos en todo el mundo a partir de las comunidades obreras y campesinas musulmanas golpeadas por la crisis económica, el desarraigo social y una situación político-social de crisis permanente en muchos de estos países. Las guerras civiles de Siria, Yemen y Libia han logrado forjar una gran cantidad de combatientes milicianos de carácter yihadista que se cifran en varias decenas de miles. A su vez están golpeando a otros estados muy débiles como Malí, Somalia, Nigeria... y amenazan con desbordar cualquier contención, por que en varias zonas ya tienen una hegemonía cultural sólida. Hegemonía ayudada además por los intereses perversos de Arabia Saudí, Qatar y Turquía de controlar la región del Oriente Medio derrotando a cualquier precio (incluso financiando la yihad) a Irán.

El otro lado de la balanza es Occidente. Está creciendo el miedo a pasos agigantados. La situación creada por el imperialismo y su pésimo manejo de la situación, está produciendo una reacción contraria mediante el aumento de la intolerancia en todo el Continente. El reflejo es la actual «crisis de los refugiados» que es la mayor vergüenza en décadas para todas nuestras sociedades. Los políticos de derechas han llegado a acusar a los refugiados de yihadistas, comparándolos con aquellos que los han expulsado de sus casas.

 

Todo esto: terrorismo, miedo, refugiados... es resultado de la política exterior europea, sometida desde hace décadas los intereses de Estados Unidos. Nuestro apoyo a Turquía, a punto de entrar en la UE a pesar de estar más que demostrada su connivencia con el Estado Islámico, o nuestra tolerancia hacia Arabia Saudí o Qatar a la vez que denunciamos la «radicalización» del Islam y el aumento del fanatismo religioso, son un reflejo de la hipocresía predominante en las altas esferas y dejan clara nuestra falta de soberanía que nos lleva a estos callejones sin salida.

La Tormenta Perfecta de la ultraderecha

Tenemos entonces el caldo de cultivo para el crecimiento y el desarrollo de la nueva extrema derecha europea. La destrucción de las comunidades obreras tradicionales, la individualización, la precariedad y la crisis se alían con una gran inmigración, una política exterior sin soberanía y además con la explosión de una crisis de millones de refugiados que huyen de las guerras provocadas por