Acratosaurio Rex

Hoy recibo una carta angustiosa de Joseph del Pimiento. Joseph es un fumador compulsivo por culpa de la crisis económica, y empalma un cigarrillo con otro para quitarse los nervios. Me dice que el banco está a punto de iniciar trámites para arrebatarle su casita familiar (un cuarto piso sin ascensor de cincuenta metros donde viven cuatro personas y un gato), por tres letras (unos 1000 euros en total) que ha dejado de pagar debido al paro. El préstamo lo pidió hace unos años para hacer unas obras.

Me escribe Pepa Merino desde Algete. Se autodescribe como una persona noble, sincera, veraz, que dice las cosas a la cara, de las que no se calla lo que opina para "ser una misma". Me cuenta que se ha hecho un molesto examen sexual por unas molestias, del que ha salido que tiene un herpes de trasmisión sexual. Como ella es fiel a su novio, ha ido a hablarlo sinceramente con él.

La anterior consulta sobre traiciones ha hecho que el trotskista Grito Pelado me escriba buscando consuelo, para más abundamiento en asturiano, idioma que el Acratosaurio no domina. Me explica que su colectivo (el 4) ha sido expulsado del Centro que compartía con otros tres colectivos (1, 2 y 3). Cuando se arrejuntaron era un Centro participativo, horizontal y solidario basado en la acción (porque sin acción la teoría no es válida y todo eso).

Jacinta la de la Yesca me cuenta la inquisición que se le hace al (su novio) Administrador de la sociedad de criadores de palomas por parte de un grupo de socios malvados, con la finalidad de echarlo y gestionar las subvenciones: le acusaron de quedarse con fondos; ¿qué?; dijeron que hacía compras indebidas de cebada; ¿qué?; pidieron su inhabilitación por cohecho, ¿qué?; le acusaron de soltar las palomas en medio del campo de tiro, bla, bla, bla… Entonces, el administrador dimitió y los otros dijeron que esa era la prueba de la traición, quedando a continuación

Fulgor Mochuelo es un joven compañero de un pequeño pueblo de provincias que me cuenta la siguiente película. Él, su primo y dos amigos han viajado quinientos kilómetros para acudir de gira a un concierto de músicos muy señalados en el ámbito antifascista en una gran capital del Estado.

Me escribe la compañera Suplicio. Resulta que ella ha sido la escritora, correctora, editora, maquetadora, distribuidora, contable, empaquetadora y mil cosas más de un libro alternativo de éxito. Resulta que ahora le piden unos compañeros el texto en formato electrónico para poder fotocopiar el libro en el curro de un compañero, graparlo y darlo gratis a la gente que bebe cerveza a fin de que se rediman y entreguen a la Causa. Me pregunta si ha de acceder a esa petición bienintencionada por bien de La Idea. A ello el Acratosaurio responde: no.

Me pregunta la compañera Tormento Portales cuál es la actitud correcta para cambiar el mundo de manera racional e inmediata. Teniendo en cuenta que la empresa es ímproba, creo que es fundamental la educación. Precisamente he tenido un conflicto doméstico hace poco por haber enseñado un himno de Astrid Lindgren a los hijos de tres de mis sobrinas. La música ha calado hondo en sus espíritus. Ahora las criaturas se niegan a ir a la guardería y a la escuela, a comer fruta y a lavarse la cara.

Camaradas, la primera pregunta me llega desde Asturias donde Tránsito Pérez, una joven compañera vegana, me dice que está metida en colectivos que no levantan cabeza por las peleas sobre lo que se debe y no se debe comer. ¿Cuál es la causa de estas disputas? Compañera, tienes que saber cuando te organizas, divides el mundo en dos grupos: el de quienes están en tu organización (seis o siete personas), y el de quienes no están en tu organización (miles de millones). Eso hace que haya dos tipos de problemas: los que suceden dentro, y los que suceden fuera.

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